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Gracias, ingenieros: la tragedia pudo ser peor

Los cálculos estructurales son un guardián invisible, sosteniendo cada rincón de la edificación hasta que la tierra obliga a demostrar para qué fueron concebidos.

hace 46 minutos
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  • Gracias, ingenieros: la tragedia pudo ser peor
  • Gracias, ingenieros: la tragedia pudo ser peor

Por Mauricio Restrepo Gutiérrez - opinion@elcolombiano.com.co

Hay profesiones cuyo éxito se reconoce por lo que producen y otras cuya excelencia consiste, casi siempre, en impedir que algo ocurra. La ingeniería civil pertenece a estas últimas. Durante años, los cálculos estructurales son un guardián que permanece invisible, sosteniendo cada rincón de la edificación hasta que, una mañana cualquiera, la tierra obliga a demostrar para qué fueron concebidos.

Eso ocurrió el pasado 10 de agosto, cuando el terremoto más fuerte registrado en Colombia en lo que va del siglo, de magnitud 7,4, sacudió buena parte del occidente del país. Después de las primeras inspecciones, la Sociedad Colombiana de Ingenieros calificó como “satisfactorio” el comportamiento general de las construcciones formales. La palabra parece sobria en medio de la destrucción, pero describe bien una disciplina que mide su éxito de otra manera: un edificio sismorresistente puede agrietarse, deformarse e incluso quedar inutilizable. Lo esencial es que conserve durante el movimiento la estabilidad suficiente para evitar el colapso y proteger a quienes están dentro.

Colombia no llegó a tener normas de construcción sismorresistente por casualidad. Las tragedias del pasado dejaron enseñanzas y la ingeniería colombiana las convirtió en conocimiento, regulación y mejores prácticas. Después de los terremotos de Armenia y Popayán, el país consolidó una legislación que con los años desembocó en la Ley 400 de 1997 y en la actual NSR-10. Las características del suelo y la manera en que las ondas alcanzaron cada lugar explican parte de la diferencia, aunque resulta difícil separar el resultado de aquella reconstrucción, realizada bajo una normatividad y rigor técnico más exigente. Unas ciudades destruidas por un terremoto aprendieron a esperar el siguiente. Los proyectos diseñados bajo criterios sismorresistentes llevan detrás horas de cálculos, estudios de suelo, análisis estructurales, selección de materiales, supervisión y decisiones técnicas. Lo que para el ciudadano común puede parecer simplemente una estructura de concreto y acero, para un ingeniero representa una enorme responsabilidad.

Cada víctima es una vida irrepetible, con una historia singular que ninguna cifra puede contener. Por respeto a ellas, y sin convertir el dolor en una competencia entre tragedias, vale la pena reconocer que, bajo condiciones constructivas más vulnerables, un sismo de esta magnitud habría llevado número de muertos a miles.

Quedan construcciones antiguas por reforzar y demasiadas viviendas fuera de esa protección. La norma tendrá que seguir actualizándose con lo aprendido, porque cada terremoto aporta información que antes existía solo como hipótesis o cálculo. El comportamiento de los edificios validó con precisión los criterios de ingeniería aplicados en su diseño. Aunque pueda resultar alarmante sentir cómo se balancean, debían moverse, deformarse y disipar parte de la energía para permanecer en pie el tiempo suficiente para proteger a quienes estaban dentro. Detrás de esa resistencia hubo décadas de conocimiento acumulado y profesionales que asumieron, muchos años antes del terremoto, la responsabilidad por vidas que ni siquiera conocían. La tragedia pudo haber sido mucho peor. Así que gracias, ingenieros estructurales.

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