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Wokismo no es inclusión

La inclusión ensancha el nosotros; el wokismo, en sus excesos, lo parte en tribus enfrentadas.

hace 1 hora
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  • Wokismo no es inclusión
  • Wokismo no es inclusión

Por Aldo Civico - @acivico

En 1938, el músico Lead Belly grabó una canción sobre los muchachos de Scottsboro, nueve jóvenes negros acusados falsamente de violar a dos mujeres blancas en Alabama. Al final de la grabación aconsejó a quien pasara por allá tener cuidado y mantenerse despierto, con ojos abiertos: stay woke. Una regla de supervivencia en un país que condenaba a los negros sin pruebas. Ochenta y ocho años después, esa palabra estuvo en el centro del discurso que el presidente Abelardo de la Espriella pronunció esta semana en el Ministerio de Cultura. Llamó al wokismo «uno de los grandes cánceres que amenazan la unidad nacional» y anunció una «contrarrevolución cultural».

Con las protestas de Ferguson, en 2014, la expresión se volvió consigna, y en 2017 el diccionario Oxford definió woke como estar «alerta ante la injusticia en la sociedad, especialmente el racismo». Hacia 2019 la palabra cambió de manos: sus críticos empezaron a usarla con ironía y de ahí salió el wokismo. Hoy nombra una manera de leer la sociedad casi solo a través de identidades de grupo y de la oposición entre opresores y oprimidos, con una vigilancia estricta del lenguaje y castigos morales para quien se equivoca; la cultura de la cancelación.

El debate es más fino de lo que sugieren los gritos. Kimberlé Crenshaw, jurista que acuñó el concepto de interseccionalidad, sostiene que la ofensiva contra lo woke la pusieron en marcha pocos propagandistas de derecha. Algo de razón tiene: en 2021, el activista conservador Christopher Rufo escribió que su objetivo era volver «tóxica» la etiqueta de la teoría crítica de la raza, metiendo bajo ella todas las «locuras culturales». Pero algunas de las críticas más serias vienen de la izquierda.

Para la filósofa Susan Neiman, autora de Izquierda no es woke, esta corriente empieza preocupándose por marginados y termina reduciendo a cada persona a su marginación. Y Barack Obama pidió en 2019 a jóvenes activistas que superaran la obsesión por la pureza, porque «el mundo es desordenado».

Como antropólogo, reconozco aquí un patrón antiguo. Mary Douglas mostró en Pureza y peligro que los grupos fabrican orden exagerando la diferencia entre lo de adentro y lo de afuera. Cuando la justicia se vuelve pureza, quien piensa distinto deja de ser un adversario y se convierte en mancha que hay que limpiar. El wokismo no equivale a la inclusión, y a veces ni siquiera representa a quienes dice defender: según el Pew Research Center, en 2019 apenas el 3 % de los hispanos de Estados Unidos usaba el término Latinx, creado para incluirlos.

La inclusión ensancha el nosotros; el wokismo, en sus excesos, lo parte en tribus enfrentadas. Cuatro días antes de ser asesinado, en un sermón titulado «Mantenerse despierto durante una gran revolución», Martin Luther King recordó que estamos «atados en una misma prenda del destino». En las tradiciones contemplativas, despierto es quien logra ver más allá de las identidades que lo encierran; Buda significa, literalmente, «el despierto». Nos hace falta ese despertar, el que permite reconocer en quien piensa distinto a alguien con quien construir la misma casa.

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