Pico y Placa Medellín
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Sin nada que perder y cansado de tanto esfuerzo subió el video. Veintisiete minutos después recibió un pedido y luego otro y otro.
Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Parecía más que Diego había montado un estudio de grabación y no la fábrica de empanadas que soñaba. Un par de cámaras, luces profesionales, el mejor micrófono y un computador de edición eran acompañados por la modesta freidora de cinco litros y algunos utensilios en la pequeña cocina del apartamento.
A sus 39 años y luego de 17 empleado en un gran almacén de repuestos, decidió que estaba cansado. Ya se sentía hace tiempo así, pero no había hecho nada. Así que con su esposa hablaron de la idea de vender las empanadas con la receta de su mamá. Eran legendarias. Hasta cuando las pudo hacer antes de morir, los vecinos le hacían encargos cada fin de semana. Como era hijo único, solo él conocía esa receta.
No tenía para arrendar el local, ni renunciar al trabajo de sopetón, como lo hacen ahora los jóvenes que no le temen ni a dejar de cotizar para la pensión, pensaba. Lo que sí podía imitarles era vender por el WhatsApp y las redes sociales. Así que la imagen era la prioridad. Quemó horas de sueño en tutoriales de video y fotografía. En un par de semanas ya hablaba de encuadres, ISO, velocidad de obturación y no necesito pensar en harinas, carnes, tiempos de cocción ni freidoras. Eso lo sabía perfectamente hace años.
Mientras su esposa iba a la plaza a cotizar proveedores, él se dedicó a abrir perfiles en TikTok, Facebook, Instagram y YouTube. Aprendió de descripciones y enlaces, de respuestas automatizadas y cierres de ventas. Para la primera tanda de prueba invirtió toda una noche. En el primer par de horas sacó las empanadas. El resto, hasta la madrugada, grabó, editó y musicalizó la que sería la primera publicación. Nada le gustó y eso se convirtió en rutina. Hasta que lo logró.
El video era perfecto. Incluso, parecía hecho por inteligencia artificial. Casi que se podía oler la empanada en la pantalla. Sintió el éxito de su negocio arder como el aceite para freír. Estaba cocinado su sueño. Revisó por última vez los mejores horarios para publicar en redes, programó el video y se sentó a buscar y cotizar la mejor maquinaria para los tres locales que ahora sí pensaba abrir con el éxito de su empanada cinematográfica. Se sintió uno de esos influencers millonarios.
No hubo pedidos ese primer día, pero tampoco el segundo ni el tercero. Los comentarios brillaban por su ingenio sarcástico. Uno de los más amables decía que si alimentaba al ChatGPT con eso, se le iba a engordar. Se sintió arruinado. En la cocina vio que su esposa se sentó a comerse las empanadas recién hechas con su hijita. Era la primera vez que podía probarlas porque todas las anteriores eran de producción audiovisual. La mamá, que grababa con el celular, la captó cuando le dijo que ojalá las que grababa el papá se vieran también como sabían esas que tenía en la mano.
Sin nada que perder y cansado de tanto esfuerzo subió el video. Veintisiete minutos después recibió un pedido y luego otro y otro. Por primera vez el éxito lo agarraba con las manos en la masa. Donde siempre debieron estar.