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Hay pandemias silenciosas, ausencias, estados mentales y sobre todo costumbres individualistas que nos distancian, que nos impiden tanto socializar, como aprender a estar con nosotros mismos.
Por amalia londoño duque - amalulduque@gmail.com
Mi mamá tuvo una tía abuela que se llamaba Soledad.
Vivía sola en un edificio en el parque Bolívar, su apartamento era grande y tenía varias habitaciones, pero ella vivía sola desde que había muerto su marido.
Le decíamos “solita”, de cariño.
Y ese apodo que sonaba tierno, terminó asentándose en mi memoria.
Íbamos a visitarla una vez a la semana.
La recordé con un libro de Paul Auster. Se llama, Baumgartner, una novela corta que cuenta la vida de un profesor viudo que después de unos años de duelo y de sentirse viejo, toma la decisión de jubilarse y de empezar, en ese nuevo estado, a ver el mundo distinto. A querer volver a vivir.
“Vivir es sentir dolor y vivir con miedo al dolor es negarse a vivir”, decía.
En un artículo reciente del periódico El País, la periodista Antonia Laborde, relata la cotidianidad de Margarita Sanhueza, una mujer de 73 años que vive sola en un apartamento en Santiago de Chile.
Tiene cuatro hijos y un hermano, pero con todos habla por teléfono y con poca frecuencia.
Las voces que escucha diariamente son las del televisor que deja prendido todo el día para sentirse acompañada.
Laborde comparte además cifras de una encuesta de la Universidad Católica en las que aseguran que el 19% de los jóvenes en su país, dice no tener un amigo cercano.
No es una cuestión de edad, la soledad. Pero ahora sí que reconozco mucha más gente que la siente.
Porque es un azar, si se quiere.
Casarse no garantiza sentirse menos solo, tener hijos no garantiza una vejez acompañada. Y todo lo que ambicionábamos en la vida y no pasa, también resulta siendo nuestra historia.
Laura Ferrero, la escritora española, decía que a todos “nos ocurre que queremos resumir la vida como un cúmulo de síes. Como una suma de logros y expectativas cumplidas, convenciéndonos de que lo que tenemos es exactamente eso que habíamos ambicionado.”
Pero no.
Hay personas que se casan buscando compañía en la vejez, que tienen hijos suponiendo que tendrán quien los cuide de viejos, pero que no cuentan con el azar de la vida, con las despedidas inesperadas, con los cambios que nos distancian, con las redes sociales que nos aíslan o con las contundentes y aceleradas diferencias que vamos teniendo en las formas de vivir cada que pasan los años.
La OMS, en noviembre del año pasado, anunció una comisión de expertos para promover la conexión social a nivel mundial, once especialistas que analizan e intentan innovar en la manera de combatir la soledad en el mundo, sobre todo en países donde ya es un problema de salud pública.
Hay pandemias silenciosas, ausencias, estados mentales y sobre todo costumbres individualistas que nos distancian, que nos impiden tanto socializar, como aprender a estar con nosotros mismos.
Con este panorama, supongo que las soledades del pasado eran estados distintos, menos alarmantes. Lejos de parecerse a las soledades de hoy, en las que se presume de tener muchos seguidores mientras se mira ese número en una pantalla.