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Irene Vallejo
Columnista

Irene Vallejo

Publicado el 14 de febrero de 2022

Anatomía de la quema

Deprisa, deprisa. Un caballo al galope puede superar los límites de su organismo. Si lo fuerzas, irá más aprisa de lo que su corazón es capaz de resistir. En los hipódromos, los purasangres de las carreras no se detienen, antes caen fulminados, muertos por la velocidad. “Fatiga” en latín significaba “estar a punto de estallar”; en origen, el término se aplicaba a los caballos, adiestrados por sus jinetes para cabalgar hasta reventar. Aquella fatiga se volvió contra nosotros y los seres humanos hemos heredado la prohibición de frenar el cansancio galopante.

El frenesí de la vida exhausta no es un invento moderno. Hace veinte siglos, Plutarco vislumbraba ya las jornadas interminables y las maratonianas extraescolares de nuestros niños: “Algunos padres, esforzándose para que los hijos sean los primeros rápidamente en todo, les imponen unos trabajos excesivos, con los cuales caen desfallecidos”. Las plantas crecen —nos dice— cuando las regamos con moderación, pero se ahogan con mucha agua. Así, también los hijos necesitan treguas en sus tareas: sin el descanso languidecerán la energía y la ilusión. Como escribe el historiador griego, las cuerdas de los arcos y las liras deben aflojarse para recuperar después su tensión.

En nuestro mundo interconectado, la ansiedad por las tareas excesivas ha invadido todas las esferas de la vida. El desgaste —técnicamente conocido como síndrome del burnout— puede afectar a casi todos, pero ciertos rasgos del carácter nos vuelven más vulnerables: las personas más implicadas —vocacionales, sensibles y eficientes, es decir, verdaderos látigos para sí mismas— tienen más posibilidades de sufrir esta implosión extenuante. El perfeccionismo causa sus desperfectos. Cuando el cansancio cala hasta los huesos, se convierte en enfermedad. Indiferentes y maquinales, cometemos errores que deberemos arreglar a fuerza de más esfuerzo. Aunque resulte paradójico, para avanzar es preciso saber parar.

Las máquinas, nacidas para relevarnos en las tareas más duras, han acentuado —inesperadamente— nuestra condición exhausta. En Tiempos modernos, de Charlie Chaplin, los seres humanos son mudos y solo las tecnologías toman la palabra. Charlot es sometido a un pérfido artefacto concebido para alimentar a los operarios mientras continúan rindiendo bajo la divisa: “Elimine la hora del descanso, ya no la necesitará”. Aunque la película se estrenó en 1936, retrata con lucidez nuestro presente plagado de videoconferencias, aplicaciones de seguimiento de trabajadores y móviles al asalto. Hoy la tecnología engulle nuestras vidas como un engranaje voraz, una maquinaria caníbal que se alimenta de nuestro tiempo.

En los felices años veinte, el cineasta alemán Fritz Lang ya había denunciado el oscuro y cruel subsuelo que sostenía la aparente prosperidad. En el subterráneo de Metrópolis, la ciudad perfecta, hay una enorme máquina industrial que, llevada al límite, se transforma en un monstruo bíblico —Moloch— y termina engullendo a los agotados trabajadores con sus fauces de fuego. Según la tradición rabínica, Moloch era una estatua de bronce en cuyo interior ardía una hoguera perpetua a la que arrojaban víctimas en sacrificio. Simbólicamente, Lang profetizó nuestro actual burnout, que significa precisamente estar quemado.

Las tecnologías portátiles nos sujetan y nos atrapan en sus redes de asfixia. No logramos relajarnos porque su omnipresencia ha invadido incluso nuestros espacios de pausa. La vida transcurre con el latido y el ritmo de la máquina, hasta borrar la antigua frontera entre lo profesional y lo personal. Aunque hace falta ser muy fuertes para vivir tan cansados, seguimos en carrera, como caballos con el corazón desbocado. En estos tiempos galopantes, cuando cuesta tanto esfuerzo descansar, la intimidad y la siesta se han convertido en gestos de resistencia: cierra los ojos y verás  El País

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