Se ha hablado tantas veces del apocalipsis que ahora, cuando se anuncia una vez más, pocos realmente lo creen. Sin embargo, ahí está Venezuela destrozándose, sangrando, matándose a sí misma mientras respira sus últimos tanques de oxígeno y los políticos la acuchillan. Quizá no sea el fin, aunque se coquetee con él de forma tan azarosa, y entonces resulta peor imaginar que el desastre es ya cotidiano y que el infierno que viven nuestros vecinos es justamente infierno porque no acaba.
Aún en los años del presidente Hugo Chávez, cuando el precio del petróleo rondaba las nubes, se hicieron pronósticos fatalistas sobre el modelo. Pero este siguió y arrastró a su paso los errores que no corregía por la soberbia y sustentaba su radicalización en los...