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Por Armando Estrada Villa - opinion@elcolombiano.com.co
El deporte, que tiene en el cuerpo humano el instrumento básico para su realización, se caracteriza por su talante lúdico, el esfuerzo físico y la disposición competitiva de los seres humanos, posee doble expresión: deporte- práctica como actividad física personal motivada por el cuidado de la salud o la simple recreación y deporte-espectáculo, que si bien se desarrolla en torno de unos protagonistas físicamente activos, constituye una diversión pasiva de los espectadores, que en ocasiones se convierte en pasión, desbordamiento emocional, exaltación y hasta en sufrimiento.
Y hoy por hoy es el deporte-espectáculo el que atrae con más fuerza la atención de los medios de comunicación y de la comunidad en general, hasta el punto de superar la información y el interés de fenómenos de mayor trascendencia por los efectos que pueden alcanzar para la humanidad como el calentamiento global, las guerras entre Rusia y Ucrania y Hamas e Israel, el atentado al expresidente Trump, la campaña electoral en Estados Unidos, la cumbre del G7, foro económico y político de los países más poderosos del mundo, entre otros.
Y es ahora precisamente cuando se comprueba esta situación, dado que, en los meses de junio, julio y agosto, se vienen celebrando competencias de gran importancia deportiva con repercusión mundial, como la Eurocopa de fútbol en Alemania, la Copa América de futbol en Estados Unidos, el Tour de Francia 2024 y los Juegos Olímpicos, quintaesencia del deporte, en que participan 206 delegaciones y 10.500 atletas en 22 deportes en Paris. Debe destacarse que estos certámenes muestran el deporte espectáculo en todo su esplendor y rebajan la importancia de otros acontecimientos.
Si bien tanto en el deporte-práctica como en el deporte-espectáculo se deben poner en ejercicio los valores, principios y conductas que orientan su actividad como son el juego limpio, respeto por el adversario, espíritu de superación, trabajo en equipo, disciplina, tolerancia, autocontrol, resistencia, resiliencia, exigencia, motivación, saber perder, aceptación de las propias limitaciones, respeto por el derrotado, honestidad, perseverancia y saber que nada en la vida se consigue sin esfuerzo, muchas veces se desvirtúan y desconocen porque intereses de tipo económico, político y comercial imponen, sobre todo en el deporte espectáculo, el tener que ganar, el triunfar como sea, mediante compra de árbitros y jugadores, dopaje, presiones, agresiones, manipulación, en fin, antagonismo conflictivo y violento, el deporte se degrada, se desnaturaliza y deja de ser tal.
Es claro que el deporte es rivalidad ante un adversario, un obstáculo, se disputa un partido o un set o cuando se llenan las tribunas para aclamar al equipo o al deportista de su simpatía, pero cuando esta rivalidad se torna agresiva, fanática y pugnaz se alteran las normas que lo regulan y la convivencia. Por ejemplo, en el fútbol, deporte de masas por excelencia, son frecuentes situaciones límites generadas por los ataques y ofensas a los árbitros, entrenadores, jugadores y partidarios de un equipo, por parte de los hinchas del equipo contrario, en una especie de feroz combate deportivo, injustificable en algo creado para la diversión y el sano esparcimiento.
Si la lucha deportiva constituye la humanización de la guerra, un espacio de ocio y entretenimiento estandarizado, por el contrario, la agresión, la violencia física y verbal, el disturbio y el vandalismo que algunos fanáticos llevan a cabo ante los resultados de su equipo, pervierten el deporte y deshonran a los que los protagonizan.