Tengo por costumbre desconfiar de un hombre al que no le guste el fútbol. Vaya por delante que soy plenamente consciente de que no hay prueba empírica alguna que sustente esta sandez, pero igual que toco madera en cuanto me mientan a la bicha o se me cruza un gato negro doy por buena esta otra superchería sin fundamento. Y es que soy un futbolero extremo. Desde que mi padre me inoculara ese veneno dominical siendo yo un crío de poco más de un metro y flequillo pelón, los días de precepto balompédico pasaron a ser una suerte de Disneylandia que se repetía al menos dos veces al mes. Una liturgia que se alimentaba durante toda la semana en tertulias donde los diarios deportivos eran la biblia y el balón un dogma de fe incontestable. Un rito que...