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Elijamos bien este 31 de mayo. Y elijamos, también, el respeto. Lo necesitamos.
Por Daniel Duque Velásquez - @danielduquev
Un concejal llega con un bate. Un manifestante del Pacto Histórico saca un cuchillo. Un expresidente tapa con rodillo el mural que pintaron frente a su hacienda. Todo esto ocurre a una semana de unas elecciones presidenciales en un país donde hace menos de un año asesinaron a un candidato. Esto no es un episodio aislado. Es el termómetro de una democracia que se acerca peligrosamente a un umbral del que es muy difícil regresar.
Hay una palabra que se ha vuelto insulto en Colombia: moderado. Se la lanzan a quienes condenan la violencia de todos los lados, a quienes se niegan a elegir un bando antes de elegir la verdad, a quienes creen que la indignación sin discernimiento no es virtud sino pereza moral. Ser moderado, en la gramática de la polarización, significa no tener el valor de odiar con convicción. Pues bien: soy moderado. Y hoy, más que nunca, me enorgullece serlo.
Lo que ocurrió la semana pasada en una vía pública a escasos metros de la hacienda en la que vive Álvaro Uribe no admite lectura parcial. Un grupo liderado por el representante electo Hernán Muriel llegó a pintar murales sobre falsos positivos. Del otro lado apareció el expresidente con escoltas y el concejal Andrés “Gury” Rodríguez portando un bate. No como metáfora. Como objeto físico, contundente, intimidatorio. Un video del propio Uribe muestra a un manifestante del Pacto Histórico con un cuchillo. Bate y cuchillo. Ese es el nivel al que hemos llegado.
Los defensores de cada trinchera tienen sus explicaciones. Que la provocación empezó con el mural. Que el bate fue la respuesta. Que el cuchillo justifica al armado. La geometría del conflicto siempre encuentra su coartada. Pero hay algo que ninguna coartada puede ocultar: estamos normalizando la presencia de armas en la confrontación política colombiana. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de un incidente en Rion.
No en los años de Pablo Escobar. No en los tiempos de la Unión Patriótica. El año pasado, en 2025, fue asesinado un candidato presidencial. Y sin embargo estas elecciones avanzan con una intensidad que deshumaniza al contradictor de una manera que no habíamos visto en décadas. El oponente ya no es alguien con quien se debate: es el enemigo al que se destruye, se humilla, se acorrala. Primero con palabras. Luego, como vimos en Llanogrande, con algo más.
Los grandes estallidos de violencia política no llegan de golpe. Llegan graduales, casi imperceptibles, disfrazados de pasión democrática, hasta que cruzamos un umbral del que es muy difícil regresar. Y cuando eso ocurre, ya es tarde.
Hace unos días me llegó por WhatsApp una pieza ciudadana, sin autor, sin partido, sin logo. Decía: Por el respeto. Respeto por el lenguaje. Respeto por el contradictor. Respeto porque después de las elecciones seguiremos siendo colombianos, vecinos, parejas, hijos, amigos. Porque la competencia no es enemistad, y las diferencias no tienen que resolverse con armas ni con la deshumanización permanente del que piensa distinto.
Eso no es moderación sin criterio. Eso es la condición mínima para que una democracia sobreviva.
Elijamos bien este 31 de mayo. Y elijamos, también, el respeto. Lo necesitamos.