Pico y Placa Medellín
viernes
3 y 4
3 y 4
Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com
Con una lapidaria frase el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro de Davos, sentenció la realidad global de esta fecha, caracterizada por la extinción de las reglas del orden internacional. Carney dijo: “Estados Unidos, China, Rusia, solo actúan en interés propio”
Es cierto: nos encontramos frente al descalabro de un régimen y un orden normativo internacional convenido que, de un tiempo a esta parte, comenzó a ser irrespetado por unos y otros, animados por el interés de las grandes potencias. Estados Unidos y China han estado liderando la hecatombe de las relaciones entre los países y las llevan a un despeñadero. Otorgarle a Rusia la misma capacidad de destrozo, aunque sus actuaciones militares hayan sido crueles, injustas y disruptivas mundialmente, es, sin duda, exagerado.
Pero ni las actuaciones del intemperante Donald Trump, ni las acciones del implacable Xi Jinping en la escena global, pueden, por separado, ser considerados responsables del fin de esta era. Es el afán sumado ambos en no permitir que su rival se convierta en un hegemón planetario lo que está al origen de un enfrentamiento político profundo, con muchas vertientes de expresión. La guerra comercial entre los dos titanes es la más visible pero no la más importante.
Esta perversa transformación del ambiente global no se ha iniciado con la imposición de aranceles que Donald Trump, con su muy particular estilo, usa como herramienta extrema de negociación para producir cambios o alcanzar las metas que estima imprescindible para los intereses de Estados Unidos.
Una diferente manera de imponer criterios a otros países, de constreñir gobiernos a la aceptación de sus condiciones, otra forma de ejercer una gravitación política determinante en regiones del planeta la instrumenta Pekín desde 2013, momento del advenimiento de Xi a la Secretaría del Partido Comunista y a la máxima jefatura del gobierno. China se ha empeñado en expandir su influencia en Africa, Asia, Africa y América Latina a través de la Nueva Ruta de la Seda, utilizando herramientas en apariencia válidas para atornillarse en cada uno de los países que reciben su financiamiento o inversiones. Lo ha hecho de manera más callada pero no menos erosiva que Washington. Es cuestión solo de mirar la incisiva ascendencia que hoy puede exhibir en los países del continente africano o el latinoamericano. Europa hoy es obligada a refugiarse bajo el paraguas chino ante la inveterada agresión del Presidente republicano.
Los apetitos de estos dos colosos por expansiones más allá de sus fronteras se expresan de manera distinta pero forman parte de la nueva anarquía que imprimen al planeta. Guardando distancias, el apetito de Trump por Groenlandia justificado por razones de seguridad nacional, no es diferente de las ansias de Xi con respecto al Mar de China meridional y del mar de China Oriental, áreas cruciales para el transporte marítimo mundial y rica en recursos. O por su determinación a hacerse de Taiwan por considerarlo tierra propia. Lo mismo es si consideramos la determinación de ambas potencias a desarrollar fortalezas militares superlativas o por convertirse en principales protagonistas de la supremacía tecnológica.
No puede existir tal cosa como un “orden internacional” si ninguno de los dos más grandes titanes reconoce un límite a sus ansias de poderío. Están siendo capaces ambos de pisotear derechos y libertades, de incumplir leyes, de organizar guerras, de doblegar voluntades y de avasallar competidores.