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Colombia no puede perder tiempo. No más sofismas ideológicos como cortinas de humo.
Por Juan Camilo Quintero M. - @JuanCQuinteroM
En el Foro Económico Mundial en Davos, el Primer Ministro de Canadá dijo algo que debería incomodar a muchos líderes del mundo: “no estamos en una transición, estamos en una ruptura”. Reconoció que el orden internacional basado en reglas fue, en parte, una ficción útil, pero que dejó de funcionar. Habló de poder, soberanía, riesgos reales, decisiones difíciles y de la necesidad de dejar de “vivir dentro de la mentira”. No planteó burlas, ni enemigos inventados, ni frases diseñadas para redes sociales. Se basó en un diagnóstico, y en una conciencia de responsabilidad histórica. Eso, hoy, es cada vez más raro entre muchos de nuestros dirigentes. Eso es un verdadero estadista. Les recomiendo lo lean completo.
Estamos efectivamente en una ruptura, no en un ajuste gradual. Las rupturas exigen liderazgo de verdad, no improvisación ni espectáculo. Exigen dirigentes capaces de interpretar el momento histórico y actuar en consecuencia, y menos políticos atrapados en relatos del pasado que no explican el mundo que viene.
El planeta está entrando en un nuevo orden donde la inteligencia artificial, la tecnología, la energía y los recursos naturales dejaron de ser simples motores de crecimiento para convertirse en piezas centrales del ajedrez geopolítico. En ese tablero, los países que entiendan el juego podrán ganar relevancia; los que sigan distraídos en peleas internas quedarán, inevitablemente, relegados. Colombia no puede darse el lujo de seguir perdiendo tiempo. No más sofismas ideológicos usados como cortinas de humo. No más shows diseñados para ganarse el corazón por simpatía, necesitamos cautivar electores con inteligencia, estrategia y acción. No más candidaturas construidas sobre emociones pasajeras para llegar a un cargo de elección popular, sin una idea clara del país ni del mundo. El desafío es más serio.
Necesitamos un cambio radical en la forma de elegir a nuestros líderes. Gobernar dista de incendiar la conversación pública; es plantear prioridades, construir capacidades y pensar en largo plazo, incluso cuando eso no genera aplausos inmediatos.
Colombia sí tiene con qué. Somos un país rico en minerales que el mundo necesita para la transición energética y tecnológica. Tenemos talento humano, ubicación geográfica privilegiada, acceso a dos océanos y enorme potencial para insertarnos en las nuevas cadenas de valor globales. No somos un país pobre ni condenado al fracaso. Lo que nos frena no es la falta de oportunidades, sino el exceso de ruido. El anclaje permanente al resentimiento, al odio y a la confrontación como método político. Líderes pirómanos que viven del conflicto y que, mientras prenden fuego al debate público, nos impiden concentrarnos en lo esencial: cómo ganar en este nuevo contexto global.
El mundo no va a esperar a que resolvamos nuestras discusiones internas. La reconfiguración económica, tecnológica y geopolítica avanza. Otros países toman decisiones difíciles, invirtiendo, planificando y construyendo alianzas. Nosotros seguimos discutiendo símbolos, consignas cargadas de ideología y peleas personales. Otra vez podemos elegir entre el ruido y la estrategia, entre el espectáculo y el Estado, entre el pasado y el futuro. No juguemos en la cancha pirómana del Presidente Petro.