Hace poco, ante la imposibilidad de cumplir un compromiso a la hora acordada, le pedí a quien me esperaba que me diera un poco más de tiempo. La situación ameritaba comprensión, pero su respuesta fue mucho más allá de ese lindero: “Yo ya tengo la paciencia del que se sienta a ver crecer la hierba, así que no hay afán”. La recibí como recibe la bocanada de aire el ahogado, aliviada y agradecida. Y con una envidia indecible, además.
En estos tiempos de despertarse, bostezar, espabilar y acabarse el día, la capacidad de poner pausa sin alterarse es escasa.
La virtud de saber esperar cuando se desea algo con todas las fuerzas tiende a veces a confundirse con indiferencia o con tolerancia contraproducente, pero no necesariamente es así. La paciencia...