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Cabeza fría

Hoy, cuando la mitad de mi familia está muerta y no frecuento más esa casa, ni esa piscina, me generan una profunda nostalgia.

hace 2 horas
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  • Cabeza fría

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

La mamá me contó una vez que yo casi nazco en la manga. Estaba de picnic en el lote donde construirían la casa donde viviríamos cuando empezó con las contracciones. Hubiera sido muy propio de mí nacer en una manga en medio de la nada, aunque lo hubiera sido aún más nacer en el agua. Meses después hicieron la piscina justo en ese lugar. Le debo unas palabras de despedida a David Hockney y no se me ocurre mejor manera de honrarlo que hablando de agua y de piscinas. El artista británico es la muestra de cómo un elemento tan aparentemente simple puede relatar tantas cosas sobre aquel que se relaciona con él. Imagínense ser inglés, tener 26 años y aterrizar por primera vez en Los Ángeles donde hay más piscinas que personas, tantas como para que Cheever haya escrito un relato llamado El nadador en el cual un hombre se da cuenta de que hay una cadena continua de piscinas privadas que conecta el punto donde él se encuentra con su propia casa, ubicada a varios kilómetros de distancia. Tras sufrir una especie de revelación mística, decide emprender la hazaña de regresar nadando a través de todas ellas. Hockney, al igual que el personaje de Cheever, encontró en las piscinas una revelación. Para el artista simbolizaban esa California a la que recién había llegado: hedonista, luminosa, queer y profundamente artificial.

Para mí las piscinas —cualquiera, todas— llevan intrínseco el recuerdo de la casa y de la familia en la que crecí. Hoy, cuando la mitad de mi familia está muerta y no frecuento más esa casa, ni esa piscina, me generan una profunda nostalgia. Nuestros pelos verdes por tanto cloro, todos estuvimos alguna vez a punto de ahogarnos y, al final, siempre fuimos salvados. Uno de mis hermanos, en un duelo de piruetas, se partió en dos el diente de adelante y la mamá nos obligó a bucear hasta encontrarlo. Hubo fiestas, peleas, secretos, conversaciones, competencias de nado y del que más aguantara la respiración. Cuánta energía derrochada, como no, con doce horas de sol prácticamente el año entero. Fueron también muchas las veces que me metí al agua para llorar sin que nadie se diera cuenta y eso que aún no sabía que la vida se iba a poner difícil.

En una de sus entrevistas, Hockney dijo: «si miras de cerca una piscina, descubres que nada está quieto; las líneas se tuercen, los reflejos se rompen. Al final, lo que estás viendo es tu propia mente intentando encontrar orden en el caos. El agua tiene esa cualidad hipnótica: te obliga a mirar hacia adentro mientras crees que estás mirando hacia afuera». En este mundo convulso y azaroso a veces lo que necesitamos es eso: mirar nuestro propio reflejo hasta darnos cuenta de que no siempre somos quien creemos ser, de que el yo siempre estará distorsionado si pasamos largo rato contemplándolo, luego tenemos que lanzarnos al agua porque es bien sabido que la mejor manera de pensar bien, es teniendo la cabeza fría.

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