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Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 06 de marzo de 2019

Chamas II: “Hasta que el cuerpo aguante”

Sigamos escribiendo de “eso”, lo que la gente se niega a leer. Y ver.

Con el rostro oculto entre la solapa de una chaqueta y una gorra, en un resquicio entre residencias de mala muerte, un tipo que juega a Pedro Navajas les entrega a los transeúntes un volante en tonos rosa con las imágenes de varias jóvenes semidesnudas: “Lo nuevo en Cúcuta Night Club Las Conejitas: Visitenos (sic) y conoce nuestras nuevas hermosas chicas [...]”.

En las aceras de El Callejón, en la capital norte santandereana, los perros se diputan sobras de comida desperdigadas entre bolsas de basura. Las persianas metálicas de negocios ya cerrados, marcadas con las iniciales AGC de las Autodefensas gaitanistas de Colombia, sirven como telón de fondo de la puesta en escena de los patrulleros de la Policía que pasan ronda entre corrillos nocturnos de niñas entre 12 y 16 años.

Por estos lares, la explotación sexual de menores –colombianas y venezolanas– no conoce horario ni miedo a la autoridad.

A unas cuadras de allí, a plena luz del sol, esperan otras jóvenes, aquellas que jamás se arriesgarían a conseguir el sustento en la oscuridad de la noche. A pesar de estar en el noveno mes de gestación, Diana* busca “el turno del día” al lado de un CAI, frente a la iglesia de San Antonio de Padua. Todo en esta joven caraqueña es cansancio; desde su mirada, sonrisa ausente y espalda que lucha por mantenerse erguida, hasta sus palabras monosilábicas, mínimas.

Los gastos del bebé que viene en camino no le permiten girar dinero para su mamá, quien cuida de sus otros tres niños en Venezuela: “Yo no trabajo para nadie, solo para mis hijos”, dice. Ser madre desde que era una niña, no le ha permitido a Diana ser ni lo uno ni lo otro.

En varias oportunidades intentó ir a un control médico del embarazo, pero siempre fue rechazada por no portar ningún tipo de identificación. Ya en la recta final, logró acceder al servicio de salud colombiano (mientras usted lee esta columna, Diana debe tener en brazos a su cuarto bebé).

La explotación sexual infantil, naturalizada socialmente, es también evidente en ciudades como Cartagena, Santa Marta y Medellín. ¿Existe alguna diferencia entre la tragedia de las niñas colombianas y venezolanas? Las menores de edad migrantes son más vulnerables que las locales por tres factores: muchas carecen de vínculos familiares cercanos que les puedan brindar una mínima sensación de arraigo y autorrespeto (aunque es claro: no todas las familias protegen y cuidan); el no tener una identificación les dificulta el acceso a servicios estatales como salud y educación; y, en consecuencia, el abandono tiende a exponerlas más ante las redes del crimen organizado.

Bajo el efecto de rayos X de la luz de neón azul en un bar, termino de leer el volante rosa que llevo en la mano: “Tenemos promociones por la compra de litro de guaro o ron se le obsequia chica (sic). Por cada ½ de guaro o ron se le dara (sic) show de mesa. Hasta que el cuerpo aguante”.

*Fuente protegida. Esta micro-crónica hace parte del cubrimiento de la crisis en la frontera para #ColombiaEstaAlAire de Blu Radio.

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