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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 02 de mayo de 2020

Cobijo

Deambular es la rutina de miles que hemos construido parte del hacer desde la errancia, soy como miles, un nómada urbano que emprendió su ruta el día que se declaró independiente, al hacerlo intercambiamos certezas por libertades y asideros por alas, muchos insisten en que esta cuarentena que medimos en múltiplos de diez ha de hacernos volver a lo esencial, me gusta pensar entonces que para cada uno de nosotros lo básico significa cosas bien diversas, vengo de una familia de recolectores, de acumuladores de evidencias y certezas, esos recuerdos tejen las historias con lo que se ha amado o perdido y permiten vivificar lo que realmente significa, evocan en esencia lo que uno es y dejan que dimensionemos y entendamos los senderos que nunca habrán de transitarse, recolectar ayuda, también a entender las raíces y el origen y por momentos proyectar el presente, hoy en las largas horas que paso en el sofá, que es el eje de mi vida, observo desde esa atalaya cada uno de los elementos que componen la agenda de los años, ellos también me miran con sus narrativas de ficción y reafirman cada una de mis contradicciones en este tiempo que es no tiempo, en esta pausa inmóvil que impide desplazarnos y en la que refugio suena más sensato que casa, lo que hemos construido (los que podemos) es más bien una guarida, para algunos madriguera, también resuena en mí cobijo que como palabra es más hermosa, aunque abrigo evoque más, después de cincuenta días uno se pregunta quién quiere entonces abandonar el nido, deshacer la urdimbre ya tejida con este entorno para volver a ese afuera de fragilidad y frenesí que nos ha develado la pandemia, será que en este mundo en el que limpiar es ya rutina entendemos que lo de antes era lo anormal y este nuevo estado es la norma, “¡Cuán benéfico y cuán noble, en medio de su humildad y su bajeza, este oficio villano del barrer! ¡Barrer! Extirpar, arrojar lejos todo lo que estorba, todo lo que afea, todo lo que daña; hacer de lo inmundo, de lo repugnante, de lo nocivo, lo pulcro y lo hermoso y lo saludable, era sin duda, misión humanitaria y altísima”, nos dijo don Tomás Carrasquilla, bella metáfora, cuánto de lo impúdico hemos de barrer y cuán nobles y hermosos son los oficios y los rituales que ignorábamos o poco valorábamos por simples o invisibles y cuánto habrán de transformarse y cambiar las maneras de celebrar, socializar o encontrarnos de aquí hacia afuera.

Quisiera descoser la trama de este abrigo, pero no para salir a un kilómetro de casa, extraño vagar, los encuentros con mi familia biológica y con las otras que la vida nos ha permitido construir, las del pasillo, las del café al iniciar la mañana, las del encuentro habitual, las de la inmensa red que vamos tejiendo con sutiles hilos que se expanden, pienso en Hölderlin cuando decía que “allí donde crece el peligro, crece también la salvación”. Salir, porque más allá de mi ventana está una luz que ciega y es duda, porque sé que no saber “es lo más intimo” y me recojo.

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