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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 16 de junio de 2020

Como en las alturas

Los sherpas son vitales para cualquier expedición al Himalaya. Su capacidad de resistencia no solo es biológica. En ellos pesan los años de convivencia con las montañas, forjando un conocimiento profundo sobre el poder de los vientos, las nieves y el camino encumbrado.

Los sherpas entienden el peligro y eso les ha permitido asumir tradiciones culturales moldeadas por las dificultades del agreste paisaje de nieves perpetuas. Más allá de su valentía, cuando las cosas se ponen difíciles, lo primero que hacen es preocuparse por los otros con la serenidad y la sinceridad necesarias para ayudar a los demás. Bien lo dice Javier Moro en su libro Las Montañas de Buda: “La montaña les ha enseñado que para sobrevivir en las alturas la solidaridad es fundamental. Cualquier resentimiento, cualquier conflicto puede adquirir una dimensión trágica en el aislamiento de las cumbres”.

Van más de 100 días desde que el covid-19 llegó al país sumergiéndonos en una falsa dicotomía entre vida y economía. El confinamiento -necesario- frenó abruptamente la capacidad productiva y nos metió en una encrucijada muy brava: la vida de muchos o una tragedia social sin precedentes.

De mayo a junio pasamos de 300 a 1.400 contagios promedio al día. Los fallecidos también se incrementaron. Los epidemiólogos debaten dos perspectivas. La primera, que ya estamos en el pico de contagios. La segunda, que vamos en camino, porque demoramos el ascenso gracias a los tres meses de confinamiento. Preven que agosto sea el tope. Lo cierto es que de ingenuidad no vamos a vivir y la enfermedad va a estar presente por buen tiempo, pues, por más que la carrera por la vacuna sea con acelerador a fondo, la cosa sigue lenta. Hombre, la vida sigue y quedarnos paralizados es profundizar en una destrucción de empleos que avizora una situación tipo posguerra. Vivir con el virus... qué más le hacemos.

Ahora bien, como en las alturas, donde están los riesgos, tenemos que hacer todo lo posible para que impere la solidaridad. Este es el momento histórico donde tenemos que poner la solidaridad en nuestras manos (bien lavadas, siempre bien lavadas) y tener presente que el cuidado propio es el mayor acto solidario con los otro. Ahí está la capacidad de regular la cantidad de contagios, no perder el terreno ganado y sobrevivir como hacen los sherpas en la montaña.

Algunos han ignorado los sonidos de las cumbres y hoy sufren la avalancha en pleno. Brasil es el mejor ejemplo. Absurdamente, el estilo Bolsonaro cobra por ventanilla 17.000 contagios diarios. Colombia ha hecho bien las cosas, pero al igual que en las altas montañas, la incertidumbre impera. Tendremos que soportar los enviones del coronavirus y evitar un descalabro desde las alturas para aplacar la incertidumbre en el descenso. Así evitaremos muchas cosas, entre ellas, que se alimente el canto de sirena de los populismos que no entienden el verdadero significado de la solidaridad

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