Hace dos meses Rubén Blades cumplió setenta años. Su trayectoria personal tiene poco que ver con “Pedro Navajas”, el héroe de su canción en boca de sus contemporáneos, de sus hijos y de sus nietos. Comenzando porque el matón de esquina neoyorkino lleva un sombrero de ala ancha, mientras que el del cantante es tacaño, no tapa nada, no sirve para salir volao.
Blades sabe lo que quiere, siempre lo ha sabido. De ahí que en su vida no haya drogas ni rumba áspera ni noches sin término. Nada de la crápula que ha matado pronto a sus colegas de música. Por eso su andar es firme, su maleta de cuero a la espalda es raída, su voz no requiere tecnologías que la maquillen.
Abner Benaim, director de su documental biográfico, se atreve a esculcar en ese deseo...