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El País
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Publicado el 27 de enero de 2020

COREA DEL CENTRO

Corea del Centro es el nombre de un programa televisivo argentino. Corea del Centro podría ser también el nombre de un país imposible, cuya característica esencial consistiría en no ser ni Corea del Norte ni Corea del Sur.

En Corea del Centro, la presencia de una cámara no llevaría a los políticos a paroxismos de incivilidad: seguirían comportándose cortésmente, incluso amistosamente, entre ellos, como suelen hacer en privado. Procurarían no mentir y en lugar de azuzar los instintos más oscuros de la ciudadanía, se esforzarían en sosegarla. Aitor Esteban estaría disponible para dar clases particulares a los rezagados.

En Corea del Centro, los Gobiernos respetarían la independencia de los jueces. Y, asombrosamente, los jueces respetarían su propia independencia y renunciarían a las ventajas profesionales y económicas del juego político.

En Corea del Centro, los nacionalistas podrían jugar todo lo que quisieran con banderas, orgullos patrios, tradiciones inmarcesibles y hasta podrían ser xenófobos (entre ellos), pero pagándoselo de su bolsillo y sin molestar a la gente normal. No habría más fronteras que las de la Constitución.

En Corea del Centro, la identidad sería personal e intransferible. Las identidades colectivas se considerarían como lo que son, un oxímoron. Salvo cuando se tratara de juegos. Como en el fútbol.

En Corea del Centro, las personas intentarían comprender a los demás. No haría falta que llegaran a profundizar en el alma ajena tanto como Georges Simenon: en general, les bastaría con hablar sin gritos y escuchar al otro, no a sus propios prejuicios.

En Corea del Centro, existiría la convicción colectiva de que las diferencias socioeconómicas deben reducirse, no agrandarse, porque la civilización es de todos o no es.

En Corea del Centro, el dogmatismo económico sería considerado de muy mal gusto.

En Corea del Centro, la gente no se ofendería por tonterías. Y estaría permitido bromear sobre todas las cosas, humanas y divinas, con elegancia o con grosería. Incluso sobre el feminismo o la sanción a Valverde.

En Corea del Centro, nadie sería propiedad de nadie.

En Corea del Centro, la religión sería privada. La educación, no.

En Corea del Norte, no habría razas ni racializados.

En Corea del Centro, los intereses privados no podrían disfrazarse de servicios públicos. Ni el espectáculo podría disfrazarse de información.

En Corea del Centro, cada ciudadano dispondría de plena libertad para exhibir su propia ignorancia. Sin embargo, no recibiría aplausos por ello.

En Corea del Centro se habría acabado la guerra civil hace mucho tiempo.

En Corea del Norte, solo ETA sería ETA. Y solo el fascismo sería fascismo. Y solo el terrorismo sería terrorismo.

En Corea del Centro, la lucha contra la contaminación y el cambio climático no se desarrollaría sobre la espalda de los pobres. Más que favorecer a quien puede pagarse un coche eléctrico, se trataría de ayudar a quien solo puede permitirse un viejo diésel.

Corea del Centro sería un país bastante simplón y pequeño burgués. Entre la violencia y la corrupción de la Florencia que logró engendrar el Renacimiento, y el trabajo aburrido de la Suiza que inventó el reloj de cuco, optaría probablemente por lo segundo. No se puede tener todo.

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