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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 07 de junio de 2015

CORPUS CHRISTI

Celebramos la solemnidad de Corpus Christi. La liturgia se hacía antes el jueves pasado. Por eso este lunes no se trabaja en Colombia. La celebración tuvo siempre una dimensión espectacular. Propia de la piedad popular católica que da seria importancia a los símbolos, para apoyar en nuestra sensibilidad la gravedad de una espiritual histórica, encarnada. La Custodia con la hostia consagrada, llevada bajo el palio entre alabanzas, rosarios y voladores, recorría en procesión las principales calles del pueblo. No era poder. Era gracia, fiesta de la gratuidad. El atrio del templo se cargaba de frutas, legumbres, huevos y gallinas, que los buenos párrocos repartían entre los pobres.

El pueblo, profundo en la sencillez de su fe, no perdía el significado serio del sacramento -símbolo eficaz-, que tenemos que recuperar en la sociedad secular. La lectura del Evangelio trae el texto de la última cena. El momento histórico es dramático. Jesús es consciente de que ha sido entregado por un compañero traidor y de que le espera lo peor. Lo van a matar violentamente. Los discípulos que lo acompañan todavía no entienden. Desposeído de todo, después de haber vivido totalmente para sus amigos y amigas, para su gente, sirve sobre la mesa de la última comida lo único que le queda para consolidar la entrega total de sí mismo: su cuerpo y su sangre en solidaridad radical con todas las víctimas de la historia y con todo dolor humano: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Tomen y beban, esto es mi sangre”. “Nadie ama más que quien da la vida por los amigos”, y también por los enemigos. Porque así lo había predicado. Porque así termina expresándolo en el momento final, cuando el cuerpo crucificado, torturado, es un don bañado en sangre: “Padre perdónales porque no saben lo que hacen”.

Para nosotros los creyentes esta última cena, repetida día tras día en la misa, es el momento crítico y desafiante de la fe. No solo creemos en el amor infinito que nos regaló la vida a cada mujer y a cada hombre y nos espera para siempre, y se nos entrega en el amor humano y en las maravillas del universo. También creemos que ese amor se hizo carne en Jesús para hacerse carne en todos nosotros: Amar de verdad. Hasta las últimas consecuencias. Entender toda la creación como la mesa en la que todas y todos tenemos igual derecho y luchar por hacerla posible. Todos y todas pecadores y perdonados. Invitados a la construcción de una sociedad fraterna. En el dolor de construir juntos. Un himno eucarístico popular nos lo recuerda en el símbolo del pan hecho de granos de trigo juntos, reventados, amasados: “Un molino la vida nos tritura con dolor. Dios nos hace Eucaristía en el amor”..

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