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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 22 de octubre de 2020

Cuando Cupido noqueó al tío Sam

En los años cuarenta, mi taita, Luis María, quien cumpliría cien años el martes 27 de octubre, tuvo que escoger entre estudiar en Estados Unidos o matrimoniarse.

Para mi abuelo Carlos, su hijo de 18 años estaba muy pollo para contraer y le ofreció mandarlo a estudiar a USA. Para Amalita Calle, mi abuela jericoana, su vástago debía casarse.

Le sugirió que le llevara serenata a su novia con una canción de autor anónimo que dice por ahí: “Hoy vengo aquí por primera vez, con mi voz a perturbar tu dulce sueño, ya que no pudo mi amoroso empeño, a tu insensible corazón vencer...”.

El santabarbareño Luis renunció al sueño americano y volvió epístola de Pablo su amor por María Genoveva, mi madre. Lo cuenta mi tía Débora, narradora e historiadora familiar como lo son también mis otros tíos vivos Gabriela y Pacho.

El azar, ventrílocuo de la serendipia, los juntó una fría mañana de misa dominical en Montebello. El joven le preguntó para dónde iba. “Voy a clase de corte”, mintió ella. “Entonces aprenda a coser para que me haga los pantalones”. El primer regalo fue una máquina Singer.

Por cualquier razón, el enamorado se evaporó un tiempo pero su amada lo regresó con este telegrama: “Tu silencio no opónese recordarte”. Somos hijos de ese telegrama.

En 84 años se lució en los campos de la integridad, la generosidad y el trabajo. Católico de amarrar en el dedo gordo fue un liberal de tuerca y tornillo al que le tocó salir pitado de Montebello y Versalles por su filiación política. Somos de la diáspora.

Hizo la carrera total en el sector del transporte: ayudante, conductor de escalera y de camión y empresario. Don Rafael Salazar fue su mecenas. Al transporte le debemos haber vivido, bebido, estudiado. Veo un camioncito tres y medio y me provoca agarrarlo a picos.

Dadivoso a morir, daba de lo que tenía y de lo que le hacía falta. Se quebró dos veces, lo que lo convirtió en un as del rebusque. Sus manos no fueron hechas para el manicure sino para la fatiga diaria.

Nos “prohibió” aprender a manejar carro para evitar que lo imitáramos. Solo yo le obedecí. Confundo cigüeñal con chasis.

Tampoco quería que sus hijas se casaran; primero el estudio. Los novios lo sentían llegar y desaparecían. Después se hizo parcero de todos.

De sus padres aprendió a meter la mano solo en su propio bolsillo. Lo tumbaron sin medida pero decía con estoicismo: pa todos hay.

De poquísimos amigos, su himno era “La cama vacía”. Terminó convertido en un abuelo dicharachero que hacía sentir único a cada interlocutor.

A su muerte, su bisnieta Laura preguntó si en el cielo le darían ropa y comida. Ahora está por cuenta de las finanzas celestiales. Don Luis, siga gozándose la eternidad

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