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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 10 de febrero de 2022

Cuando no pasa nada pasa mucho

Estuve un mes de vacaciones en un lugar que no figura ni en los mapas. No había wifi; como mucho, dos rayas de señal intermitente. Para agarrarlas debía caminar dos kilómetros bajo un sol de esos de cuarenta grados a la sombra, luego subirme a una piedra y rogarle al viento que no soplara muy fuerte y me las arrebatara. Los primeros días gasté una cantidad considerable de tiempo y energía intentando conectarme. Me insolé un par de veces. Pisé tres abejas y me levanté la uña del dedo gordo del pie con un tronco encallado en la arena. Todo, porque tenía la sensación de estar perdiéndome algo: una llamada importante, un mail, un mensaje de vida o muerte. Pasada esta fase inicial, llegó el momento de la resignación. Apagué el celular y lo metí en el bolsillo más escondido de la mochila. ¿Y saben qué pasó? Nada. No pasó absolutamente nada. Al final, no encontré llamadas urgentes ni mensajes de vida o muerte. Comprendí que, conmigo o sin mí, el mundo sigue girando a la misma velocidad de siempre. Los asuntos laborales esperan o son resueltos por alguien más. La gente continúa con su vida sin apenas notar mi ausencia. Los lugares que frecuento no se mueven ni desaparecen. Mi cuñado fue una vez por semana a regarme las plantas. El gato lo llevé a la finca. La vecina recibió mi correspondencia.

Esperen. Miento. Miento cuando digo que no pasó nada. La verdad es que en aquel lugar lejano y olvidado sí pasaron muchas cosas: vi los rayos de sol filtrándose por entre el hueco de las nubes. Vi aguamalas moradas. Vi tucanes, micos y osos perezosos. Vi tantas estrellas fugaces que se me agotaron los deseos. Navegué por un manglar sintiéndome la primera habitante del mundo. Rescaté un perro. Aprendí a silbar. Leí doce libros. Vi llover de abajo hacia arriba. Conversé con mis amigos mirándolos todo el tiempo a la cara. Fui la madre de mi madre: le corté las uñas de los pies, le peiné el pelo, le llevé el café recién hecho todas las mañanas, le cuidé sus dolores de espalda. Pasaron cosas realmente importantes y no pagué por ninguna de ellas. Para experimentarlas solo tuve que abrir bien los ojos. Quedarme quieta y en silencio. Desprenderme de la necesidad de estar haciendo algo. Pienso que si hubiera revisado el celular no recordaría ni una sola llamada, notificación o mensaje. En cambio, las noches conversadas de estrellas, el contacto con los animales, las lecturas bajo el sol, mi madre, su pelo, sus manos entre mis manos y nuestras caminatas juntas a un ritmo lento al que aún no consigo acostumbrarme son asuntos que voy a atesorar por siempre. Las cosas más importantes de la vida no son cosas ni pueden experimentarse a través de una pantalla. Están aquí y ahora. Y, por paradójico que suene, para conectar con ellas, hay que desconectarse 

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