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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 24 de noviembre de 2022

Cuánto hemos cambiado

Como suelo parar oreja a las conversaciones ajenas, el otro día oí cuando una mujer le reclamaba a otra porque estaba muy cambiada. Me quedé pensando en las razones por las cuales había gente que percibía el cambio como un defecto a corregir. Si yo no hubiera cambiado a lo largo de los años, seguiría pensando que uno es viejo a los cuarenta, que las aceitunas son incomibles y que los problemas se solucionan rezando. Disfrutaría del tumulto de los conciertos, haría fila en los restaurantes e iría a donde no quiero ir solo por quedar bien con alguien. A lo mejor me horrorizaría comer y viajar sin compañía o pasar un fin de semana entero sin salir de casa. Menos mal he cambiado lo suficiente como para darme cuenta de que la juventud no es eterna y, por lo tanto, hay que aprovecharla entera sin dejar ninguna migaja para un después que quizá no llegue. Un día eres joven y saludable, pasan los años, y casi sin darte cuenta, ya no eres ni lo uno ni lo otro. El nochero empieza a llenarse de pastillas y el gabinete del baño de cremas antiarrugas.

Aún recuerdo mi sorpresa cuando a los 18 entré a la universidad y me di cuenta de que una de mis compañeras tenía 33 años, era casada y ya sumaba dos hijos. Confieso haber pensado que uno a los 33 años era muy viejo para ponerse a estudiar y dos hijos un impedimento para hacerlo. Si yo no hubiera cambiado, no habría hecho un máster a los 38 ni le habría dado un giro absoluto a mi carrera a los 40, porque seguramente seguiría preocupada en extremo por mi aspecto físico, por evitar un embarazo y por conseguir dinero haciendo trabajos que no me gustaban.

Creo que, hoy en día, un verdadero motivo de preocupación debería ser mirar hacia atrás y comprobar que los pensamientos, ideas y creencias siguen siendo exactamente las mismas. Ya lo decía Pascal: «No me da vergüenza cambiar de opinión porque no me da vergüenza pensar». Los cambios no son más que la medida del tamaño de nuestra evolución como personas. La comprobación de la capacidad que tenemos (o no) de ponernos en los zapatos de los demás y, por lo tanto, de empatizar con ellos. Cambiar no es más que una muestra de que estamos usando el cerebro y de que hemos logrado abrir la mente a la enorme diversidad de este mundo, sin juzgarlo desde los referentes limitados y diminutos de quien nunca cambia, por la sencilla razón, de que nunca ve más allá de sus narices.

De verdad, si algo tengo que agradecerle a la vida es todo lo que he cambiado. Agradezco la soledad, el silencio, las aceitunas y cada uno de los años que me ha caído encima. Agradezco disfrutar tanto de mi estadía en casa. Agradezco haber liberado mi mente de la religión, mi tiempo de los compromisos sociales y mi cuerpo de la tiranía de la perfección. Pero sobre todo, agradezco a la persona que fui porque, a punta de cambios, pudo convertirse en la que es hoy

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