La talla 44 dictaba hasta ahora la frontera entre la belleza y la gordura. Era el límite para millones de mujeres de todo el mundo, sojuzgadas por unos cánones absurdos que las aprisionaban en un ideal escuálido y famélico fabricado en la paleta de dictadorzuelos y gurús de la moda a golpe de lápiz. Muy pocos de ellos han yacido con una hembra. Juraría que la mayoría de diseñadores hasta las detestan. He escrito en estas páginas una verdad como un templo que regalo a toda esa mitad de la Humanidad incomprensible y maravillosa: las mujeres. La reitero ahora porque, a riesgo de resultar más pesado que un avión de mármol, algunas parecen no haberse enterado. “Las mujeres creen que nos morimos por sus huesos. Están equivocadas. Nos morimos por sus carnes”. Vaya por delante que no tengo un gusto definido en este capítulo. Quizá sea el único en el que soy incapaz de decantarme. Me da igual que la piel sea canela, blanca o negra. Que tengan unos kilos de más o de menos. Que sean rubias, morenas o pelirrojas. He conocido mujeres hermosas e inteligentes que no me despertaban ni de la siesta y otras menos agraciadas que me resultaban extremadamente atractivas. En ello influían miles de detalles que tengo catalogados y que escaneo de un simple vistazo. El olor, el pelo, una sonrisa espontánea o una mirada diferente, las manos cuidadas y hasta una palabra pueden desatar el interés y hasta la pasión más allá de los patrones estandar-izados en las revistas o los telares.
Por suerte, la irrupción en todos los órdenes de la mujer latina, armada con más curvas que el resto de su género, está dando la vuelta a la tortilla. El movimiento “curvy” está tomando las pasarelas y las grandes cadenas de la distribución textil se adaptan a toda mecha para no perder un nicho de mercado ávido de comenzar a vestirse sexy sin tener que ocultar bajo un burka su figura o de oprimir sus cuerpos tras una faja. Es el caso del gigante español Mango, que lanzó hace un año y medio su línea “Violeta”, orientada específicamente para romper la barrera psicológica que representa el 38 e ir mucho más allá del 40.
Y es que las cosas están cambiando vertiginosamente. En la pasada semana de la moda de Madrid pudimos disfrutar por fin un desfile de tallas grandes sin el estigma habitual que las convertía en “especiales”. El interés despertado fue máximo gracias en parte a que la pasarela contaba con la presencia de una de las modelos “plus size” más cotizadas del momento. La estadounidense Tara Lynn, de 32 años y una espléndida 48, fue la estrella de un desfile organizado por El Corte Inglés, la cadena de grandes almacenes más grande de Europa, y varias firmas españolas que diseñan prendas hasta la talla 60. Pero las curvas femeninas asaltan hasta las revistas masculinas. La revista tótem “Sports Illustrated” publicó por primera vez en su último número anual de bañadores la figura de una modelo «curvy» junto a diosas como Kate Upton –quien, por cierto, está de todo menos flaca– . Su nombre es Ashley Graham y luce una 46 para caerse de espaldas. Les invito a todos y, especialmente, a todas ustedes a que tecleen “curvies in bikini” en YouTube y despierten de una vez.
La belleza no conoce límites ni atiende a patrones. El atractivo no radica en un par de dígitos ni en largas sesiones en el gimnasio. La salud no tiene nada que ver con la talla. Pero hay más.
Los tacones de aguja aguantan más de lo que creen. Los bikinis no son solo para las flacas. La lencería ardiente, mucho menos. La ropa ceñida y ajustada no entiende de kilos y los hombres, la mayoría al menos, queremos curvas. Curvas de vértigo a discreción. Y los huesos, para el caldo.