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David E. Santos Gómez

Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

O Canadá

No vivimos en la realidad de una dictadura teocrática, por su puesto, y el mundo está aún lejos de venirse abajo aún cuando sus columnas muestran fisuras graves.

hace 1 hora
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  • O Canadá

Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com

En El cuento de la criada, una serie televisiva distópica basada en la novela del mismo nombre de Margaret Atwood, Estados Unidos vive bajo el control de Gilead un régimen teocrático totalitario en el que el Estado controla minuciosamente a la ciudadanía. Con la Biblia como faro moral y sustento legal, el imperio se mueve bajo un estricto sistema de castas en el que se vigila cada asunto de la vida privada. Del lenguaje a la familia, de la sexualidad a la educación. Ante la asfixia y la violencia de este mundo orwelliano del futuro cercano, rápidamente aparece en la ficción la idea de que Canadá es el lugar de la libertad y hacia el cual se debe huir.

La semana pasada, en el foro de Davos, Suiza, el primer ministro canadiense Mark Carney dio un discurso que rápidamente acaparó titulares. Un nuevo clásico moderno. El eje de la disertación fue lo que el político denominó la ruptura del orden global ocasionada por una nueva visión geopolítica de las grandes potencias en las que se amenaza desde la fuerza militar y la presión arancelaria. Sin nombrar a Estados Unidos ni a Donald Trump, Carney insistió en que las potencias medianas deben tomar acción para evitar convertirse en el “plato principal” de los grandes hegemones y aceptó que, durante décadas, casi un siglo, el mundo vivió bajo un “acuerdo ficcional útil”, en el que existían unas normas que parecían ser respetadas con Washington como garante: “Este acuerdo ya no funciona. Permítanme ser directo. Estamos en medio de una ruptura, no de una transición (...) No se puede vivir con la mentira del beneficio mutuo a través de la integración cuando la integración se convierte en la fuente de la propia subordinación”, remarcó.

Trump, que se sintió aludido —y evidentemente opacado por el discurso—, respondió con suficiencia. Primero “desinvitó” a Canadá a formar parte de su junta para la paz de medio oriente y luego amenazó a su vecino norte con aranceles del 100 por ciento. “Que no se le olvide (a Carney) que Canadá vive gracias a Estados Unidos”, aseguró el republicano que desde el inicio de su segunda presidencia insiste con anexionarse esa nación y convertirla en el estado 51.

Luego de unas semanas de profunda asfixia geopolítica causada por la Doctrina Donroe el discurso de Carney resulta refrescante e ilusiona. Es inevitable también que se vengan a la cabeza escenas de la ficción distópica de Atwood y la diferenciación marcada entre una nación que aún apuesta por los valores de la democracia liberal y otra que continuamente amenaza con quebrarlos.

No vivimos en la realidad de una dictadura teocrática, por su puesto, y el mundo está aún lejos de venirse abajo aún cuando sus columnas muestran fisuras graves. Sin embargo, no deja de ser aterrador la forma en la cual los panoramas ficcionales de un futuro de pánico empiezan a mostrar semejanzas con la realidad de la política contemporánea.

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David E. Santos Gómez

Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.

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