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El capital, exigente y movible, llega solo donde hay seguridad. Física, para operar. Económica, para que las reglas no cambien por capricho. Jurídica, para que un contrato se respete en quince años.
Por David Yanovich - opinion@elcolombiano.com.co
Durante décadas, los economistas hablaron del bono demográfico colombiano como una promesa casi automática: una pirámide joven, una fuerza laboral creciente, un país que tarde o temprano alcanzaría el desarrollo. Esa promesa se acabó.
La tasa de fecundidad se desplomó de 2.0 hijos por mujer hace una década a cerca de 1.2 hoy, por debajo de muchos países europeos. A esto se suma una emigración masiva y permanente: jóvenes profesionales, técnicos calificados y familias enteras que rehicieron su vida en Estados Unidos, España y Chile. Las remesas, que el año pasado superaron los doce mil millones de dólares según el Banco de la República, reemplazan en algo el ingreso. Pero todo se va para consumo, muy poco para inversión.
Si la economía no puede crecer apoyándose en más trabajadores, solo puede crecer si cada trabajador y cada peso de capital producen más. El Dr. Carlos Enrique Moreno, en su sensacional columna, propone que solo con productividad e inversión se logrará crecer. Y así es, no hay mucha alternativa, pero el problema es que la situación en el país no es buena. Según el DNP, la productividad total de los factores ha contribuido en promedio menos del 0.5% al crecimiento anual en las últimas dos décadas, frente a más del 1.5% en países que saltaron al ingreso medio-alto. El Banco Mundial estima que un trabajador colombiano produce apenas la cuarta parte que uno estadounidense por hora, y el BID calcula que cerrar esa brecha exigiría tasas de inversión cercanas al 28% del PIB —hoy estamos en 17%—.
El capital, exigente y movible, llega solo donde hay seguridad. Física, para operar. Económica, para que las reglas no cambien por capricho. Jurídica, para que un contrato hoy se respete en quince años. Las tres están bajo asedio. Los atentados en el suroccidente son muestra del deterioro de la seguridad. Las reformas improvisadas y los choques con la Corte y el Banco de la República espantan al inversionista. Y el discurso oficial, tratando al sector privado como adversario en vez de aliado, le envía al mundo un mal mensaje.
Mientras tanto, la inteligencia artificial reordena la economía global. Colombia invierte apenas el 0.29% del PIB en investigación y desarrollo, según la OCDE, frente al 2.7% promedio de los países desarrollados. Llegamos tarde a una fiesta que ya empezó.
¿Qué hacer? Primero, restablecer la seguridad jurídica con un pacto que blinde reglas estables para la inversión durante al menos una década. Segundo, simplificar el régimen tributario y reducir la carga laboral no salarial, además de replantear la forma en que se fija el salario mínimo. Tercero, una política agresiva de infraestructura digital y formación masiva en habilidades técnicas e IA, articulada con el sector privado. Cuarto, abrir más la economía, sobre todo con integración con cadenas globales de valor. Quinto, un Estado pequeño, eficaz y despolitizado.
El bono demográfico no volverá. La ventana se cierra. O Colombia elige la productividad, la inversión y la seguridad, o se condena a envejecer sin haber sido próspero.