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De la guerra a la seguridad II

El colombiano necesita entender que la seguridad tiene que ver con la normalidad política, económica, social y cultural, dentro del acuerdo social que las estructuras de seguridad protegen.

29 de septiembre de 2023
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  • De la guerra a la seguridad II

Por Henry Medina Uribe - medina.henry@gmail.com

Dando continuidad a mis reflexiones sobre el momento de alto riesgo que vive el país, el rumbo inquietante del accionar político, el crecimiento de la inseguridad y la encrucijada en que se encuentran las estructuras creadas para protegerla, quiero insistir en la necesidad de cambios reales en la organización a la cual dediqué con total compromiso y afecto mi vida profesional.

La principal razón para el cambio en las estructuras de seguridad es que el conflicto dejó de ser ideológico, para contagiarse de la criminalidad transnacional, que ha permeado la gobernanza en múltiples áreas del territorio nacional, aupadas por el narcotráfico. Esto se hace más complejo porque aún subyacen las múltiples causas que le dieron origen y persistencia a dicho conflicto.

Lo segundo es la necesidad de interiorizar un nuevo concepto de seguridad, más moderno, inclusivo y social. La seguridad vista como un bien público fundamental, de construcción colectiva y prerrequisito para el desarrollo humano social y económico. Así, la seguridad de la población genera la seguridad del Estado y no al contrario.

Para ello se requiere que los temas de seguridad sean de conocimiento y dominio público. El colombiano necesita entender que la seguridad tiene que ver con la normalidad política, económica, social y cultural, dentro del acuerdo social (Rousseau) que las estructuras de seguridad protegen, incluyendo la libertad, la integridad territorial y la soberanía nacional.

En tal contexto, “la seguridad debe ser una política de estado; suprapartidista en lo político; nacional en su amplitud y carácter y socialmente legítima, para lograr el compromiso de todos los ciudadanos”.

De allí nacen la complementariedad de dos conceptos: seguridad y defensa. La primera es un fin en el que se minimizan las vulnerabilidades y amenazas, en tanto que la segunda son acciones para alcanzar el fin. La seguridad exige altos niveles de previsión y sensibilidad social; la defensa demanda una deontología especial, conocimiento específico y alta tecnología.

La seguridad nace de la identidad de intereses, solidaridad y compromiso entre gobierno, población y Fuerzas Militares. En este triángulo virtuoso, la población es su lado más largo, donde recae buena parte de la solución, y no en las Fuerzas Militares. La aceptación de esta premisa les permitirá a ellas cambiar la “estrategia de contención” de la subversión, la violencia e inconvivencia, por una estrategia exitosa de superación de las causas que le dieron origen. Si aspiramos a construir una paz en un ambiente de justicia, seguridad y desarrollo sostenible, debemos saber que ella no se logrará sin los militares, o en contra de ellos. Tampoco debemos pensarla como una función solo de éstos, sino el fruto del consenso social.

Las Fuerzas Militares requieren el cambio, pero para que sea exitoso necesitan del reconocimiento, comprensión, apoyo y control efectivo, ético e imparcial de la población y del gobierno.

Ese cambio, sobre el cual abundaré en mi próxima columna, debe ir acompañado de modificaciones en su sistema educativo. Como dijera Malala, para lograr la paz y el desarrollo... la educación es la única solución.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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