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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 04 de septiembre de 2017

¿De qué les sirve ser corruptos?

En vísperas de la visita del Papa Francisco el Evangelio de hoy trae unas palabras directas para los corruptos: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?

La corrupción que penetró las instituciones y llegó a las Cortes de Justicia, evidencia nuestra ruina ética y moral. Colombia se precipitó en ella cuando, por el proceso natural de secularización, la moral católica dejó de ser la norma general para determinar el bien y el mal en los comportamientos privados y públicos, y nos encontramos con que no habíamos hecho la tarea de construir una moral civil, válida para todos los ciudadanos y respetuosa de creencias y filosofías.

Con la ruina moral vino la destrucción brutal de la vida humana. Primero los años de la Violencia con 300 mil asesinatos. Luego los homicidios cotidianos que llegaron a más de 30 mil por año; y el narcotráfico y la guerra política degradada con 8 millones de víctimas.

Destruido el valor de la vida, no es extraño que destruyéramos los valores de justicia, honradez, verdad, compasión, paz. Y que divididos por interpretaciones sobre la barbarie nos confundamos en odios y sigamos postergando la construcción de la moral ciudadana y pública, mientras la confianza colectiva se desploma.

Porque el golpe salvaje marcó definitivamente lo que somos. Y de la tragedia horrorosa surgieron interpretaciones excluyentes, manejadas por intereses políticos, económicos e ideológicos, que destruyeron el tejido social y las reuniones de familia y nos han polarizado hasta hacer casi imposible reconstruir juntos el “nosotros” que somos como pueblo.

El final de la guerra es hoy la oportunidad para cimentar, en la ética de la dignidad, la moral pública que convierta los valores de la Constitución del 91 en hábitos sociales, institucionales y políticos. La dignidad, que es la toma de conciencia de nuestra grandeza humana. Que solo se tiene cuando nadie está excluido de ella. Que, fuera de Dios, no debemos a nadie. Que da origen al Estado como la institución que creamos los ciudadanos para garantizar a todas y todos por igual las condiciones de la misma dignidad.

El aprendizaje de las virtudes que surgen de la dignidad parte de la familia y la escuela, y la Iglesia tiene allí un papel único. Pero, como no podemos esperar a la educación de los niños, el camino corto para empezar a recuperar la base ética perdida es llamar a las víctimas de todos los lados.

Y que todas las víctimas, no solo las de la guerra, hablen ante sus victimarios: los niños con hambre, ante los ladrones de auxilios alimentarios; las familias con muertos por abandono, ante los que se robaron la salud; los campesinos despojados, ante los que les robaron la tierra; los encarcelados injustos, ante los falsos testigos pagados, etc. Para que los magistrados y políticos y empresarios corruptos entiendan que arruinaron sus vidas cuando asesinaron en ellos mismos su propia dignidad y nos vulneraron en el alma a todos nosotros.

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