Contaba el doctor Fernando Isaza, que recién salido de su grado en derecho de la Universidad de Antioquia, a mediados del siglo pasado, llegó a su oficina un campesino muy bien vestido y lo saludó:
--Doctor Isaza, a usted me lo recomendaron como el mejor abogado para sacar a mi hijo de la cárcel.
El hombre le mostró el expediente del reo, donde se narraba claramente la sevicia, alevosía e intención clara de asesinar. Pero el hombre sacó del carriel de nutria un billete colorado de quinientos pesos (“billetes color ocre”, diría Jairo Cañola, mi paisano) “y al ver la plata, empecé a ver la legítima defensa del acusado”. Contaba Isaza.
Al preso lo soltaron y cuando vio al abogado le dijo:
--Hombre, doctor Isaza, usted habló muy bonito. Tanto, que hasta...