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Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 23 de agosto de 2021

Del Norte y del Sur Global

El modo de producción capitalista industrial que se impuso en las economías del norte de Europa y en los Estados Unidos a partir de mediados del siglo XVIII, y que se extendió, profundizó e intensificó de una manera hasta entonces desconocida a lo largo de los siglos XX y XXI, no adquirió en Colombia una dinámica de desarrollo económico, político y sociocultural que hiciera posible que nuestro país se posicionara en niveles aceptables dentro de la economía mundial.

No obstante, Colombia, gracias al liderazgo del presidente Duque, ha alcanzado, en estos tres últimos años, la denominada, parodiando a Lenin, fase superior de la economía naranja. Start-ups se crean todos los días con el apoyo del MinTic y con contratos similares a los que la ministra Karen Abudinen le otorgó a Centros Poblados. ¡Si te pillan, devuelves el billete! Recordemos que esta vieja práctica también la usó el ministro Andrés Felipe Arias con su Agro-Ingreso. Y pillados, los terratenientes corrieron a reembolsar.

Es que sin darnos cuenta nos hemos convertido en estos tres últimos años en el capitalismo de la innovación, el emprendimiento, la creatividad cultural y de la moda. Hay gente que dice sin ruborizarse que Medellín será el “Silicon Valley” de la región, que aquí, desde el cuarto piso de Ruta N, se está gestando la cuarta revolución industrial. Es tan innovadora nuestra economía, que el minciencias, Tito José Crissien, propuso una nueva ley para que centros, institutos y universidades de garaje puedan ofrecer maestrías y doctorados y con la garantía de que él mismo castigará severamente al que plagie.

Tanto en los países más desarrollados del Norte como en los del Sur Global, el crecimiento económico ha aportado riqueza a algunos, pero también ha producido crecientes desigualdades sociales y destrucción ecológica. Colombia está clasificada como uno de los países más desiguales del mundo. Aquí se aporta a la destrucción de la naturaleza con pasión, se destruye la selva del Amazonas para fomentar el crecimiento de la ganadería, se envenenan el hábitat y la población campesina mediante las fumigaciones de cultivos de uso ilícito con glifosato. Nuestra economía es básicamente extractivista, lo cual ha generado una mayor degradación del medio ambiente. Pero a nuestros gobernantes estas consecuencias negativas del aumento de la pobreza y el daño ecológico no los afecta. Lo importante para ellos es que funcione la bien aceitada máquina de la creación-corrupción-distribución. En la perspectiva de nuestros gobernantes, el horizonte es profundizar el torbellino del crecimiento económico a como dé lugar.

Esta perspectiva, sin embargo, está abocada a límites: el mundo es finito y no puede tolerar un crecimiento económico permanente. Se han planteado entonces dos vías: los países pertenecientes al Norte Global “tendrían que embarcarse en trayectorias de decrecimiento, mientras que el Sur Global tendría que seguir una senda de desaceleración del crecimiento” (O’Neill, 2012).

Esto es inviable para el liderazgo político actual en Colombia. Una economía menos intensiva en energía, que queme menos recursos minerales, sería menos productiva en términos económicos, se traduciría en menos riqueza. Ni hablar

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