Por Norman Eisenredaccion@elcolombiano.com.co
En mi primer día como embajador de EE.UU. en Praga en 2011, encontré, marcado debajo de la superficie de una mesa antigua en mi residencia oficial, una pequeña esvástica negra. Fue una de las muchas esvásticas escondidas por todo el palacio, reliquias de los días en que fue ocupada por los nazis.
Mi reacción no fue una de horror ni de consternación, sino de triunfo. Las esvásticas no sólo eran un recordatorio de la maldad que representan - también eran un recordatorio de la destrucción por parte de los aliados de ese régimen bestial.
He estado pensando en esas esvásticas, mientras contemplo qué pensar sobre la marea liberal creciente en ambos lados del Atlántico.
Algunos ven las amenazas de hoy al orden...