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Julián Posada
Columnista

Julián Posada

Publicado el 20 de agosto de 2021

Desigual

Por Afganistán pasó Marco Polo en su camino hacia la corte de Kublai Khan, ese país fue arteria vital de la Ruta de la Seda y en sus ciudades y monasterios se alojaron miles de viajeros que intercambiaban especias y bienes; en parte por eso su riqueza arqueológica es incalculable, pero además desde ahí se extendió el budismo a China y antes de la llegada del islam en el siglo VII de nuestra era florecieron también el zoroastrismo, el cristianismo, el judaísmo y el hinduismo.

Los talibanes miran recelosos ese pasado preislámico, ellos, que siguen la versión extrema del islam, rechazan las representaciones de personas o animales. Cómo olvidar que en 2001 destrozaron los hermosos budas de Bamiyán, dos enormes estatuas de 55 y 38 metros, además de cientos de objetos del Museo de Kabul e iniciaron una orgía de saqueos.

Los saqueos a los yacimientos arqueológicos proveen parte de los recursos necesarios para proseguir su lucha. Extrañamente, este año el autodenominado Emirato Islámico de Afganistán prometió que respetaría la historia de su país e instó a sus seguidores a que “protejan, vigilen y preserven las reliquias, detengan las excavaciones ilegales y salvaguarden los yacimientos históricos”. A pesar de tratar de construir un discurso moderado, pocos les creen, pues la doctrina islámica (taqiyya) les permite a ellos mentirle a los no musulmanes en nombre de Alá, la historia es testigo de ello y los talibanes en su versión actualizada son, como dijo el Sunday Times, “más potentes, más peligrosos y más ricos que nunca.”

En apenas una semana las fuerzas talibanes retomaron el control de Kabul e hicieron huir al gobierno que había auspiciado Estados Unidos y los aliados desde 2001. Para la población afgana el futuro es incierto, muchas de las libertades y los derechos obtenidos están en peligro, las investigaciones científicas y la cultura se enfrentan a una situación de riesgo, el largo velo de la negra burka parece ir cubriéndolo todo de nuevo.

Con la llegada a Kabul las fuerzas talibanes han puesto en peligro la supervivencia de más de 80.000 restos arqueológicos que se conservan en el Museo Nacional: arqueólogos, historiadores y restauradores tratan desesperadamente de preservar estas reliquias, pero la retoma del país ha sido veloz. Alguien afirmó que “Estados Unidos gana las batallas, pero nunca la guerra” y la invasión a Afganistán ha demostrado la dificultad en derrotar un dogma.

Pero más allá de la historia, la ciencia, la cultura o la arqueología, hoy los verdaderamente vulnerables en Afganistán son las mujeres, condenadas a y por un régimen terrorista que tortura, viola, irrespeta e ignora a todas ellas por su condición; cómo olvidar que a Malala, la más joven de los premios nobel de paz, trataron de asesinarla los talibanes por reclamar su derecho de ir a la escuela.

“Siempre me irritaba la misma cosa: la forma como los hombres trataban a las mujeres. La superioridad masculina estaba tan extendida entre ellos que raramente se ponía en duda”. Esas palabras son de la escritora Asne Seierstad en la novela “El librero de Kabul”. Exigir sus libertades y otorgarles asilo o refugio es acompañarlas en una lucha que será desigual

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