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P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 12 de diciembre de 2014

Diciembre

Diciembre es el mes del nacimiento de Dios como hombre, llamado Jesús de Nazaret, hijo de María y José. El acontecimiento más portentoso de la creación, hasta marcar la historia humana y divina con novedad inaudita para siempre.

El nacimiento de Dios como hombre se llama encarnación, el punto culminante de la creación y de la revelación. Dios se da a conocer al hombre en una cercanía tal que no es posible otra mayor. No está lejos ni cerca, atrás o adelante, arriba o abajo del hombre, de las cosas. Está en él, en ellas dándoles amorosamente la existencia. Es decir, es el Creador y Salvador de todo, hecho hombre, hecho carne. Lo impecable hecho pecado. Nadie lo entiende.

El hecho de que Dios se haya hecho hombre, significa que lo máximo que se puede llegar a ser es ser hombre, escribió Ortega y Gasset en un gesto que debió asombrarlo a él mismo hasta el delirio. No le cabía en la mente ni en el corazón.

Para no pocos, Jesús es un hombre extraordinario, mas no Dios. Su manera de ver la existencia, la de ellos, la de todo, no les permite ver en Jesús el misterio de los misterios, el milagro de los milagros, el prodigio de los prodigios. Siendo muy importante, Jesús es solo un hombre, así sea de inmensa genialidad. Para ellos, Jesús es cercanía admirable, portentosa, y Dios lejanía inasible, inalcanzable.

Hay modos diferentes de ser ateo, de no creer en Dios, aunque creamos en una luz que está más allá de nosotros, y que nos ilumina, pero que, por maravillosa que sea, no pasa de ser una cosa más de las que existen.

Estos hombres siguen viviendo antes de la Encarnación, a más de dos mil años de distancia, en que la gente vivía del presentimiento de Dios, algo imposible de concretar en lo que veían, oían, olían, gustaban y tocaban.

En la cárcel, Juan Batista manda preguntar a Jesús si es él el que ha de venir o deben esperar a otro. No pocos hombres del siglo XXI no esperan siquiera algo parecido a Juan, que, en la cárcel, termina dando la vida por él.

Juan recibe de Jesús una respuesta estremecedora. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los muertos resucitan. Semejantes prodigios son divinos, pues, más que cuerpos, resucita almas.

En diciembre todo habla de Jesús. Para morir como él, locos de amor.

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