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Ese librito azul

En tiempos de luz, libros; en tiempos oscuros, más libros, de lo que sea.

hace 2 horas
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  • Ese librito azul
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Por Diego Aristizábal - desdeelcuarto@gmail.com

Hace unos días, mientras caminaba desprevenido por el centro de Medellín, vi que a las personas que pasaban por una esquina, les regalaban un pequeño libro azul, el famoso Nuevo Testamento con los salmos y proverbios que nunca falta en hoteles, hospitales y cárceles.

Algunos transeúntes se indignaban, rechazaban el obsequio del hombre o la dama impecablemente vestidos. Otros aceptaban sin chistar la palabra del Señor porque “¡Aleluya!”, decía un transeúnte, “este librito me lo fumo todo”. Yo recibí el mío y seguí caminando; de repente recordé esa calcomanía que en algunas casas de mi barrio de infancia pegaban en las puertas quienes creían que su religión era el principio y el fin: “Aquí somos católicos, no insista”.

Siempre me pareció agresivo ese mensaje. Está bien que en aquel entonces los testigos de Jehová pasaban por mi barrio con cierta frecuencia, tenían templo a dos cuadras de mi casa, y permanecían largos minutos esperando a que, al menos, les dijeran NO, gracias; pero tampoco era para tildarlos de locos, de personas extrañas que no sabían qué era lo correcto en materia de Dios, tan común en ciertos católicos que creen saber qué es lo que debe hacerse en el mundo para salvarse y qué no.

Hace años viví en Estados Unidos y el único lugar donde pude recibir clases de inglés gratis fue en una iglesia baptista que nunca me obligó a asistir a sus celebraciones ni me dijo que debía pagar diezmos o volverme baptista. Ni siquiera me preguntaron si creía en Dios o en alguien. Lo único que me daban era clases de inglés, como un servicio social. Tenía tres profesores, uno de ellos con doctorado quien, además, daba clases de filología en una gran universidad, los otros dos eran por el estilo. No eran personas desocupadas que sólo sabían inglés o permanecían en la iglesia buscando el chance para convertir a alguien.

Los cristianos del centro de Medellín no obligaban a nadie para que recibiera el libro, no daban sermones, no anunciaban el fin del mundo ni exigían confesión. Simplemente entregaban libritos azules, así como en otras partes ofrecen papelitos de burdeles y adivinos, relojes o celulares robados. Eso me recordó que vivimos en un mundo supuestamente libre y en un país que desde su Constitución promulga la libertad de cultos y tantas otras cosas que si veláramos por ellas sabríamos mejor lo que significa el respeto.

En Colombia, muchas personas apenas tienen en sus casas estos libros azules, que también pueden ser un acercamiento a la lectura, porque de repente, uno abre las páginas y lee y se da cuenta de que esto es apenas una parte de la “Biblia”, la cual está cargada de fantasía y erotismo. Y en ambas cosas, desde luego, también se puede creer. Ojalá en el país tuviéramos más libros de todos los colores, de todo tipo, regados como un alimento indispensable para que podamos soñar con un mundo distinto, lejos de radicalismos y de esa agresividad que algunos pregonan para legitimar el carácter. En tiempos de luz, libros; en tiempos oscuros, más libros, de lo que sea.

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