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Leer no es una opción

Algo hacemos mal quienes trabajamos con promoción de lectura si los libros no son lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero.

hace 2 horas
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  • Leer no es una opción

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

A finales del año pasado tuve que hacerme exámenes de salud ocupacional. Lleno de paciencia madrugué a uno de esos lugares donde por más que uno madrugue, ya hay fila. Pacientemente di mis datos, pagué lo que tenía que pagar, saqué mi libro y me senté a esperar. En la medida que pasaba el tiempo pasaba las páginas, me sumergía en la historia, y apenas por momentos levantaba la vista para seguir el conteo de los números rojos del tablero que cambiaban despacio. Yo leía y miraba. Yo leía y pensaba. Yo leía y sonreía. Yo leía y me perdía. Yo leía y leía.

En uno de los cuatro llamados, cuando tuve que hacerme presión en una vena después de que me sacaran sangre, miré a quienes estaban en la sala de espera. Mal contadas, eran unas cien personas. No exagero, y creo que ustedes mismos lo han confirmado en los muchos ratos que han debido esperar en esta vida, el noventa y nueve por ciento miraba su celular y un uno por ciento leía, yo. Puede que haya sido circunstancial, y por la tarde o al día siguiente hayan llegado unos dos o tres con algún libro en la mano. Lo curioso es que un año atrás en un examen igual, la situación fue similar, solo que había televisor, entonces unos miraban el televisor, otros veían el celular y yo seguía siendo el uno por ciento.

Me cuestionó el asunto, pero lo olvidé. Leer no nos hace mejores, me he repetido muchas veces. Igual cada quién verá qué hace con su tiempo. Sin embargo, en los últimos días, por una situación familiar, tuve que pasar largas horas en dos clínicas de la ciudad, ambas distintas, y la conclusión fue la misma: en las salas de espera, en las cafeterías, en las habitaciones que fisgoneaba cuando iba a buscar a alguien para resolver cualquier duda, nadie leía. El libro como objeto de compañía era inexistente, los celulares y los televisores embobaban con sus artilugios a la población entera.

En una de las clínicas, en un pequeño rincón, había algunos libros infantiles. Se veían tan tristes. Nadie los cogía, en cierta medida demostraban muy bien el estado de la salud en este país, donde la gente tarda horas y horas para ser atendida, para ser tomada en serio. No hay cama pa’ tanta gente. Supongo que estos libros apestados recobraban su salud cuando, en algún momento de la semana, un mediador de lectura los acariciaba, los compartía con otros. Lastimosamente no me tocó ese momento.

No pretendo con esta columna decir que en todo momento los libros deberían ser la primera opción para pasar el tiempo, nunca lo han sido, nunca lo serán; pero sí me cuestiona profundamente que el libro no se haga presente en lugares donde vendría bien. Nadie es culpable de lo que ignora. Algo, evidentemente, estamos haciendo mal quienes trabajamos con la promoción de la lectura si los libros no son lo primero, ni lo segundo, ni lo tercero... que se lleva para que los ratos muertos sean más vivos, para que el dolor, la tristeza o el tedio de una clínica, o de un lugar donde hay tiempo, se soporten con otros artefactos.

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