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No hablar, no ver

Qué pasaría con cada uno de nosotros si supiéramos que vamos a perder la vista o el habla. ¿Qué extrañaríamos ver, qué extrañaríamos decir?.

22 de febrero de 2024
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  • No hablar, no ver
  • No hablar, no ver

Por Diego Aristizábal- desdeelcuarto@gmail.com

Ella entra a clases de griego antiguo. Él le pide que lea en voz alta. Ella permanece en silencio, ha perdido la capacidad del lenguaje, al igual que a su madre y la custodia de su hijo de ocho años. Él es profesor de griego y acaba de regresar a Corea después de vivir media vida en Alemania. Ella no es joven ni especialmente atractiva. Su mirada denota inteligencia, pero no es muy perceptible por el temblor espasmódico en el párpado que la aqueja. Él lleva unos lentes gruesos de montura plateada y está empezando a perder la vista.

Ella ha decidido estudiar griego porque es una lengua muerta. Ella estudia griego antiguo porque quiere recuperar el habla por su propia voluntad. Ella no habla porque, la verdad, es que no quiere ocupar mucho espacio. En la época en que aún podía hablar, a veces, en vez de decir algo, se quedaba mirando fijamente a su interlocutor. Saludaba, daba las gracias y pedía disculpas con los ojos, como si fuese posible expresar a través de la mirada lo que quería decir. Para ella no existía una forma de relacionarse más inmediata y directa que la mirada, pues era la única forma de establecer contacto sin tocarse.

Él, por las mañanas, se vale de una lupa para buscar y memorizar las oraciones que leerá con sus estudiantes ese día, mira con detenimiento el borroso reflejo de su cara en el espejo del baño y, cuando le apetece, sale a pasear sin prisas por las avenidas y callejuelas bien iluminadas. Él, a veces se hace preguntas utilizando esas argumentaciones de la lógica griega que a alguien muy especial le disgustaban. Si tomamos como cierta la premisa que dice que, cuando perdemos algo, ganamos otra cosa, ¿qué es lo que he ganado yo al perderte a ti? ¿Y qué es lo que ganaré cuando pierda la vista?

Y así se va yendo este libro silencioso y poético que escribió la coreana Han Kang y se llama La clase de griego, un libro tan adecuado para estos tiempos de tanto ruido visual y auditivo, de tantos egos que siguen intentando llenar el espacio con palabrerías, un libro que nos hace pensar qué pasaría con cada uno de nosotros si supiéramos que vamos a perder la vista o el habla. ¿Qué extrañaríamos ver, qué extrañaríamos decir? ¿Podríamos vivir con alguien en silencio eternamente?

Él imaginaba una conversación con ella en el aula, cuando no habían llegado los demás estudiantes, una charla silenciosa. Ella puede oír y leer cualquier palabra, pero no puede abrir la boca y pronunciar los sonidos. Él tiene un día un accidente con sus gafas. Ella tiene las uñas cortas muy al ras. Él le hace una pregunta. Ella se humedece el labio inferior con la lengua. Entreabre un poco los labios y luego los cierra con fuerza. Le toma la mano y escribe algo sobre esa palma con el dedo índice vacilante. Ambos sienten en la piel los trazos rectos y curvos, ligeramente temblorosos. No se ve ni se oye nada. Ya no existen labios ni ojos.

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