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Lina María Múnera Gutiérrez
Columnista

Lina María Múnera Gutiérrez

Publicado el 18 de marzo de 2022

¿Dónde queda Londongrado?

Tras el estallido de la guerra, se ha hablado mucho de la presión que los países occidentales han ejercido sobre las grandes fortunas rusas. Todos los días los medios informan de barcos de quinientos millones de euros incautados, cuentas milmillonarias congeladas y prohibiciones para entrar a cualquier lugar de la Unión Europea. Pero solo algunos pocos sabían de la existencia de Londongrado o San Londonburgo, la cara b de Londres formada por los hoy tan mencionados oligarcas rusos.

Londongrado surgió a principios de la década del 2000, cuando aterrizaron en la capital inglesa todos los amigos de Putin premiados con empresas estatales de la antigua Unión Soviética. Estos encontraron en la City, epicentro de la banca internacional y lavandería de muchos, el lugar idóneo para depositar sus fortunas sin preguntas incómodas y con la ventaja de conseguir la llamada “visa de oro”, el permiso de residencia que el Reino Unido entrega a quien invierta al menos dos millones de libras en su país.

Así fueron conformando ese universo estrambótico aceptado por toda la sociedad inglesa que se acostumbró a sus donaciones y mecenazgos. Desde el Partido Conservador, que ha recibido dos mil quinientos millones de euros, hasta la famosa Universidad de Cambridge, que ni corta ni perezosa ha aceptado jugosas donaciones. Parece que la actitud que han adoptado los londinenses es que no importa de dónde provenga el dinero mientras se quede en los bolsillos ingleses.

De los ciento cincuenta mil rusos que viven en Inglaterra, setecientos son definidos como oligarcas y solo a dieciocho se les han congelado las cuentas como medida para presionar a Rusia. O sea, solo a los que tienen no unos cuantos millones, sino miles o decenas de miles de millones en sus cuentas. Y las repercusiones comienzan a sentirse en la ciudad. En la propiedad raíz, porque tienen inversiones por valor de mil ochocientos millones, lo que hace temer un estallido de la burbuja; en los elitistas colegios privados como Eton o Harrow, a los que llevaban a sus hijos, donde las matriculas anuales rondan los cincuenta mil euros; en los bufetes de abogados que se encargaban de sus litigios por la módica suma de mil euros la hora; o en restaurantes como el Novikov, que ingresaba ciento treinta mil euros al día, algo nada difícil si se tiene en cuenta que los sibaritas oligarcas rusos pagaban diez mil dólares por una botella de vino californiano.

La verdad es que las cifras marean a cualquiera. Y lo terrible es que hizo falta una guerra para que todo este mundo de excesos quedara expuesto. En esta desproporcionada danza de los millones rusos no solo quedan en evidencia quienes tienen y gastan sin medida, sino aquellos cuyo servilismo ante la riqueza los sumerge en ese mundo de la doble moral que no a todos asfixia 

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