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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 28 de abril de 2021

El ademán entrañable de la tribu

Nos estamos atomizando. Cada uno en su globo, a distancia de los demás globos. La cuarentena, que lleva más de un año, no ha sido de catorce días ni de cuarenta como lo indicaría el nombre. A saltos, el encierro se ha tomado la nueva cotidianidad.

Hay una sensación de evento interminable. Los protocolos oficiales contaminaron de rareza el ambiente, hasta el punto de que hoy la gente olvidó cómo era el mundo antes del virus. Cada cual habita un astro adversario y si no se ha generalizado la guerra es por el temor de salir a las calles.

Lo más preocupante es que la irritabilidad se está tomando los corazones. Mes a mes las medidas anticontagio se encargaron de apachurrar la esperanza. Si se hubiera sabido desde el comienzo que la depravación sería tan prolongada, el país se habría preparado para un larguísimo invierno.

Pero no. La clausura social se decretó a cuentagotas. Se permitía sacar la cabeza, solo para asestar más terminante el siguiente garrotazo. Así, a fuerza de golpe y contragolpe, se moldeó la cólera presente.

De manera que hoy difícilmente se usa el teléfono para conversar. Tan pronto responde alguien al otro lado de la línea, quien marcó pregunta si no interrumpe algo importante, si es posible hablar. Da miedo invadir la soledad ajena.

El celular actual no es la voz, es más bien el chat, el meme, el video profusamente rebotado. Es decir, las formas prefabricadas del diálogo, el remedo de la confidencia. La restricción de la charla vino después de la suspensión de las visitas y encuentros. El contacto se cambió por mutismo.

El aire se volvió huraño, en un proceso imperceptible y acumulativo. El hombre devino estorbo para el hombre. Sin sociabilidad, los seres regresaron al rigor de los ermitaños que creían que la risa y la mirada a otros ojos son gestos superfluos, condenados por los dioses.

Va a ser difícil recuperar la cara, reconocer presuntos amigos callejeros, regresar al uso de la piel. Acertadamente el rector de los Andes, Alejandro Gaviria, terminó su discurso ante los recientes graduandos con una consigna insurrecta: “el abrazo físico es una forma de resistencia”.

Abrazatones públicos, invitaciones a comer en combo, recuento de las anécdotas y aventuras interiores sin procesar. Estos serían otros operativos apremiantes para no continuar en átomos volando. Para restaurar el ademán entrañable de la tribu

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