Empezando 2016, el presidente Vladimir Putin es un político muy distinto al que era hace un año. Sus cambios más significativos tienen poco que ver con lo que ha hecho en los últimos doce meses. Fueron forjados por los sistemas judiciales de dos países extranjeros, Gran Bretaña y España, y un montón de periodistas y activistas rusos y occidentales. Gracias a todos estos diversos esfuerzos, ha emergido una imagen vívida, completa pero especialmente pública de alegaciones de corrupción y conexiones con el crimen organizado que en el pasado han servido como espacio para rumores o investigaciones inconformistas que no se atrevían a publicar.
Comenzando el 2015, hubo 34 días de audiencias en Londres sobre la muerte de Alejandro V. Litvinenko, el solitario...