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Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 11 de julio de 2019

El día que se agotaron los adjetivos

Al mediodía del viernes 5 de julio, no se conseguía un adjetivo ni para remedio: Todos se habían agotado en la despedida al director de Caracol Darío Arizmendi.

La parroquia desfiló por la pasarela radio para decirle que no le quita más tiempo y de refilón darle gracias por sus treinta años madrugando a triturar la cotidianidad noticiosa.

De manos de Yamid Amat, quien lo impuso como sucesor, recibió la Gran Compañía en el primer lugar, y en primer lugar le entrega los trastos al cuate Gustavo Gómez, quien empieza cursillo como vaca sagrada radial.

El ametrallado a punta de ditirambos agradeció a sus patrocinadores Augusto López y Julio Mario Santodomingo y a sus maestros Amat, Julio Nieto Bernal, Antonio Pardo y Alfonso Castellanos. El cronista grande Juan Gossaín y “Julitonomecuelgue”, de la W, dijeron presente.

Darío se irá sin irse: después de décadas de moler-moler-moler se dará un treintazo vacacional. Chuleado el sabático volverá a la lidia al mismo lugar pero con distinta gente. Y con otras funciones.

Como tantos que seguimos dando lora en los medios cuando deberíamos estar acariciando el gato, el hermano del doctor Octavio no se resigna al oficio de mueble viejo como el compañero jefe Alfonso López bautizó a los expresidentes. En Colombia la gente dura más como ex que en servicio activo.

No precisó cuáles serán sus nuevas tareas pero dio puntadas con dedal. Atando cabos que para algo reencarnamos en Sherlock Holmes, seguirá en el mundo de las chivas y de la opinadera.

El uribismo purasangre se abstuvo de consignar en el sombrero de las alabanzas. Al fin y al cabo, Arizmendi les migó sin miseria a Uribe y a su séquito. También se le iba la mano a la hora de elogiar a quienes eran de su riñón.

Si los organizadores de la despedida esperaban aplausos de parte de la cofradía de mi presidente Uribe, perdón Duque, se montaron en el bus que no era. Nadie se imagina batiéndole incienso a Paloma Valencia, la Cabal o José Obdulio.

Muchos en sus trinos -o en su intimidad- dieron gracias al Espíritu Santo por el favor recibido de alejar a Darío.

Como no le cabe un encomio más, prefiero darle la bienvenida al gremio de los pensionados que nos despertamos y se nos agota la agenda.

En reciprocidad por lo que me enseñó en la Udeá y que olvidé cristianamente, a través de la estatal 4-72 le enviaré el manual del perfecto pensionado, seguro de que le llegará cuando sea tatarabuelo.

Recomendación ya pi’rnos: recuerde Darío que saber que mañana, ningún mañana, hay que madrugar, vale oro y adelgaza.

(Supongo que se arrepintió de haber propuesto a su sucesor Gustavo por haberlo despertado a las seis de la mañana del primer día no laborable. Su voz se oyó empiyamada. Roncaba profundamente)

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