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David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 07 de septiembre de 2021

El embudo mexicano

Las filas de hombres y mujeres y niños caminando por las carreteras mexicanas, con las vidas enteras apretujadas en una maleta, recorren el país norteamericano de sur a norte como parte de una infernal estación previa al sueño estadounidense. La mayoría de los migrantes ha cumplido semanas y meses de peregrinación desde Centroamérica, huyendo de la violencia y la pobreza. Pero México es ahora, más que antes, un cuello de botella para todos ellos. La orden de Andrés Manuel López Obrador es detenerlos. En los últimos meses sortear la escala mexicana se ha hecho imposible.

La idea de disminuir drásticamente el flujo migratorio hacia Estados Unidos antes de que se llegue al caos de la frontera sur de la potencia es un acuerdo buscado desde hace décadas, pero tomó fuerza gracias al compromiso firmado por AMLO y Donald Trump. Joe Biden está cómodo con ello. La Guardia Nacional mexicana, denunciada una y otra vez por los abusos que comete contra los caminantes, trabaja sin pausa. La Unicef, atenta a las evidencias, ya prendió alarmas por el trato abusivo a centenares de infantes, muchos de los cuales caminan solos, sin saber si quiera el destino de sus padres.

En medio de la pesadilla que supone la migración forzada, la acción violenta y desordenada de los oficiales estatales, primero en México y luego en Estados Unidos, ha ocasionado la separación de miles de familias. El descontrol llevó incluso a Washington a reconocer que perdió el rastro de miles de niños a los que arrancó de sus padres y ahora, sin poder reubicarlos, han quedado huérfanos.

Pero los caminantes siguen su periplo y no miran atrás. Nada los hace cambiar de opinión. Ni las amenazas de desintegración familiar, ni el acecho de redes de trata de personas o narcotraficantes, ni el peligro directo de muerte. Regresar no es una opción.

La semana pasada se vieron nuevas caravanas de migrantes, quienes, paradójicamente, para salvar sus vidas deben ponerlas en riesgo todos los días. Los gobiernos, por su parte, aumentan la presión y la mano dura. Reconocen que para una solución de fondo tendrían que aportar para mejorar las condiciones de varias naciones centroamericanas, pero necesitan tiempo y tiempo no hay. Entonces quieren desactivar a las apuradas una bomba que —parecen no darse cuenta— explotó hace ya mucho tiempo

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