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El hombre que mejor encarna la reacción contra Gustavo Petro fue, en buena medida, posibilitado por él.
Por Daniel Duque Velásquez - @danielduquev
Hay una ironía cruel en el centro de esta campaña presidencial. El hombre que mejor encarna la reacción contra Gustavo Petro fue, en buena medida, posibilitado por él. Sin cuatro años de polarización, corrupción, deterioro económico y un estilo presidencial que normalizó el insulto como herramienta política, Abelardo de la Espriella probablemente seguiría siendo lo que era: un abogado famoso, defensor de mafiosos y estafadores, provocador, con millones de seguidores en redes y ninguna chance real de llegar a la Casa de Nariño.
Pero Petro llegó. Y con él llegó el clima perfecto para posicionar un populista de derecha como presidenciable. El fenómeno Abelardo no es colombiano en su esencia. Es la versión local de una gramática política que lleva una década reordenando democracias en todo el mundo. Javier Milei llegó al poder en Argentina montado sobre el hartazgo de una clase media empobrecida por décadas de populismo. Nayib Bukele construyó su popularidad sobre las ruinas de un bipartidismo que había fallado sistemáticamente en seguridad y desarrollo. Donald Trump capitalizó la rabia de un electorado que sentía que las élites políticas y mediáticas lo despreciaban. Todos comparten la misma gramática: antiestablishment, redes sociales como tribuna principal, desprecio performativo por las formas institucionales y apelación emocional directa que cortocircuita el análisis racional.
Abelardo habla ese idioma con fluidez nativa. Lo que hace único el caso colombiano es que Petro no solo creó el clima, sino que ofreció el espejo. Abelardo es Petro con el signo invertido: mismo estilo confrontacional, misma lógica maniquea de pueblo contra élite, misma disposición a romper las normas implícitas del debate democrático. Donde Petro habla de constituyente para refundar el orden institucional, Abelardo habla de salirse de la ONU y de liquidar tribunales como la JEP. Métodos distintos, mismo impulso: desmantelar los límites que la Constitución impone al poder. El método es diferente. La dirección, la misma.
Sin embargo, sería un error reducir este fenómeno a una reacción contra Petro. Abelardo también es una respuesta al fracaso del establecimiento que permitió a Petro existir. El uribismo desgastado, los partidos tradicionales sin renovación, el centro eternamente fragmentado: todo ese terreno estaba preparado antes del 2022. Petro lo confirmó, pero no lo creó. Por eso la narrativa de Abelardo necesita dos villanos simultáneos: Petro como amenaza presente y el establecimiento como fracaso acumulado.
Ahí está la trampa para quienes hoy lo apoyan como mal menor. Abelardo no es el antídoto al populismo. Es su continuación con distinto color. Las democracias que han vivido este ciclo lo saben: después de Milei, Argentina sigue siendo Argentina. Después de Bukele, El Salvador tiene las instituciones más vacías de su historia reciente. El espectáculo cambia. La fragilidad institucional permanece.
Colombia enfrenta el 21 de junio una segunda vuelta entre dos versiones del mismo fenómeno: el político que rompe las formas y apela directamente a las vísceras del electorado. La diferencia está en qué instituciones quiere romper cada uno, y con qué velocidad. Esa es la elección real. Y es una elección incómoda para todos.