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Santiago Silva Jaramillo
Columnista

Santiago Silva Jaramillo

Publicado el 27 de agosto de 2015

El manual del dictador en problemas

Más de dos mil kilómetros de frontera comparten Colombia y Venezuela, desde el desierto guajiro hasta las selvas del Amazonas, con dos epicentros particularmente importantes: el paso entre Cúcuta y San Cristóbal, donde se concentra población, comercio y contrabando, y el oriente de nuestro país, en los departamento de Arauca, Vichada y Guainía, relativamente aislado y, sin embargo, un corredor -entre otras cosas- de drogas y grupos armados ilegales.

Es una frontera frágil, con control fragmentado del Estado y en ocasiones, una desconfianza poco disimulada entre autoridades de ambos países, pero ni todas las personas que habitan a lado y lado son criminales -¡qué tal el absurdo!-, ni los problemas que está presentado, y que son de “toda la vida”, se están saliendo recientemente de lo común y corriente. Por ejemplo, los famosos “paramilitares” de los que habla Maduro y que se enfrentaron a la Guardia Nacional venezolana hace poco no son más que contrabandistas; han existido desde siempre y aunque esto no justifica la inactividad de ambos gobiernos por controlarlos, sí vuelve sospechoso el afán reciente del venezolano.

A no ser, que uno sea un dictador en problemas. Digamos, como Nicolás Maduro.

Es tan viejo que huele a lugar común: todo “hombre fuerte” que ve cómo un país se le sale de control intenta buscar un enemigo externo que le permita fingir una crisis interna, promoviendo el nacionalismo y la xenofobia, mientras la excepcionalidad fingida del momento le posibilita oprimir a su propia población. Utilizar el miedo a “lo diferente” para azuzar el sentimiento nacional es un truco político tan antiguo que habla triplemente mal de Maduro, por su populismo, su demagogia y su poca imaginación.

Pero a este lado de la frontera tampoco hay sensatez. En asuntos exteriores Colombia ha sido históricamente asustadiza, y eso la convierte en un objetivo particularmente oportuno para este tipo de acciones por parte del gobierno venezolano, que sabe que las consecuencias de parte del afectado las puede manejar con relativa facilidad. Por eso, este no es el momento para que nuestro gobierno le haga honor a la tradición, porque aunque el canal para atender lo que pasa con Venezuela es la diplomacia, al Estado colombiano le va a tocar apretar y hablar duro si quiere que la situación se arregle antes que la crisis humanitaria en la frontera sea inmanejable.

A pesar de todo, no podemos olvidar que Nicolás Maduro anda siguiendo paso a paso el libreto del dictador en problemas, y nuestro país no puede jugar su juego respondiendo con populismo o demagogia, pero tampoco sucumbir al matoneo de un personaje que sabe que su país lleva demasiado tiempo hediendo a crisis. El gobierno colombiano debe buscar esa fina línea de la diplomacia con firmeza y el uso efectivo de los canales de mediación hemisféricos para defender a sus nacionales.

Tampoco podemos olvidar que lo penúltimo que hace un dictador en problemas es desesperarse, para luego ver cómo todo se cae a pedazos. Ese es el principio del fin.

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