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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 17 de marzo de 2022

El odio

Cuando Baudelaire escribió: “El odio es un borracho al fondo de una taberna, que constantemente renueva su sed con la bebida”, estaba lejos de imaginar la sociedad de ebrios en la que nos convertiríamos casi doscientos años después. La verdad, no es posible saber si hoy en día odiamos más que antes, lo cierto es que, en el mundo actual, el odio se esparce a la velocidad de un clic. Ni siquiera hay que dar la cara. Basta abrir las redes sociales, crear un perfil, inventar un seudónimo y encontrar a alguien en quien depositar los sentimientos más bajos. Se odia porque sí, porque no, porque no sé, porque sí sé. El odio ni siquiera precisa excusas válidas. Hay gente que odia por odiar, o por encajar con la masa, o porque es más fácil hacerlo que debatir con argumentos. No falta el que odia como un acto reflejo de lo que lleva por dentro. Se mira en el otro como si fuera un espejo y, por consiguiente, lo odia porque no le gusta lo que ve. Ocurre que al odiar se odia y al odiarse necesita buscar a quién seguir odiando. Cae en el mismo círculo vicioso del borracho que calma su sed con más alcohol.

Estoy hablando de un sentimiento muy humano. Hasta donde se sabe, los animales no odian. Nosotros, en cambio, lo hacemos a menudo y si es en manada, mejor. Odiar en solitario pierde la gracia y la fuerza. Se ha vuelto un oficio tan extendido que ya hay incluso un término para designar a quienes lo ejercen: haters. Necesitan del odio tanto como el borracho la bebida. No soportan la idea de que alguien esté sobrio: podría ver el mundo con otros ojos y entender que caminar liviano hace más llevadero el viaje. El odio pesa. Pesa mucho. Aplasta. Esclaviza. Sobre todo, esclaviza. Ya lo había dicho Borges: “Cuando se odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo”. Los haters creen dominar con su discurso venenoso, pero no se dan cuenta de que los dominados son ellos. Con las mismas palabras que ofenden al otro construyen una prisión propia que termina encarcelándolos. La gran paradoja es que optan por tragarse la llave que, eventualmente, podría liberarlos.

Sería interesante saber si existe, aunque sea, una persona, una sola persona que haya ganado algo por odiar, que haya recibido algún beneficio que compense la enorme cantidad de tiempo y energía que se ha gastado odiando. El odio no soluciona, no aporta, no deja nada diferente a un inmenso malestar y desgaste. Por eso, me parece curioso que existan tantos haters poniéndose al servicio de nada. Ejerciendo gratuitamente un oficio que en vez de dar, quita; en vez de construir, destruye. Bajo este panorama, deberíamos tener más presente lo que alguna vez dijo Maya Angelou: “El odio ha creado muchos problemas en el mundo, pero no ha ayudado a solucionar ninguno” 

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