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Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 26 de enero de 2021

El país de las desilusiones

Siempre que inicia un año, tácitamente hay un propósito común: que nos vaya bien. Ese “que nos vaya bien” va cargado de buenas intenciones. Piense simplemente en los propósitos de año nuevo. Rebajar de peso, hacer deporte, que este año hago esto y lo otro, en fin. Esperanza pura que ilusiona.

Pasa lo mismo con nuestro país. Año tras año tenemos la esperanza de que nos va a ir mejor, tanto que la frase “sí se puede” aplica para todo, desde la selección Colombia hasta el sueño de un país libre de violentos, de corrupción. Un país en paz. Nos ilusionamos con vivir en el mundo Imagine, de John Lennon. Esperanza pura.

Pero volvamos a la realidad, porque las cosas no son tan color de rosa. Dolorosamente la historia demuestra que esa ilusión de que somos capaces de ir para adelante termina en un efecto cangrejo... tirando para atrás. Recordemos algo que sucedió hace 21 años en el corregimiento El Salado, en los Montes de María.

En febrero de 2000, más de 450 paramilitares -450 no es poquita cosa- se dedicaron durante varios días a matar con salvajismo atroz. Mutilaciones, torturas, violaciones, empalamientos. Esos fueron solo algunos de los vejámenes a los que sometieron a una comunidad de 5.000 personas. Fue un régimen de terror que dejó 60 muertos y una población inmensa en dolor y miedo. Sin más ni menos, fue un sello indeleble de la barbarie tan cotidiana en la que vivimos. No se podría caer más al fondo. El país entero se movilizó. Campañas en medios de comunicación, manillitas simbólicas para recordar lo sucedido, empresas privadas haciendo inversión social en el territorio, en fin. Un mar de buenas acciones con sentido de esperanza. Guardadas las proporciones, El Salado resurgió como si fuera un propósito de fin de año del tipo “sí se puede”.

En los últimos días los líderes sociale s de El Salado comenzaron a recibir amenazas. La bestia negra regresó en forma de panfletos amenazadores, con frases lapidarias: “vamos a limpiar a la comunidad de esta plaga de gente”. Un dèjá vu. Ese “sí se puede” se esfumó. La esperanza se perdió. Los buenos propósitos y la ilusión de superar tantas cosas difíciles se vienen abajo cuando pasan cosas como la de El Salado. Ojo que no es un asunto puntual, es algo que hace parte de una larga lista de las desilusiones que nos entrega con mucha frecuencia esta tierra compleja y que se rigen por la ley del más fuerte, donde el “sí se puede” transgrede el respeto a los derechos del otro, el dinero honrado. Cualquier amago de progreso lo reducimos a creer que la violencia es respuesta legítima a las deficiencias y defectos de la sociedad, del Estado. ¿En qué termina esto? En acciones arbitrarias que matan cualquier ilusión de progreso y nos convierte en el país de las desilusiones

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