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Francisco de Roux
Columnista

Francisco de Roux

Publicado el 02 de agosto de 2015

El pan profundo

La gente de Palestina y de Judea estaba fascinada con Jesús sin saber con claridad por qué. Igual como nosotros. Y el Evangelio de Juan (Jn 6,24-35) nos lleva hoy a reflexionar sobre lo que buscamos en Jesús.

Efectivamente, mujeres y hombres se habían ido detrás de Jesús hasta la colina del otro lado del mar de Tiberíades. Estaban tan impresionados con él y tan deseosos de oírlo que se olvidaron de llevar comida. Jesús se dio cuenta y realizó el signo de la multiplicación de los panes. La gente sintió que Jesús compartía con ellos su fatiga y su pan hasta saciarles. “Este es en verdad el Profeta que tenía que venir”, comentaban. Por eso, cuando Jesús y sus discípulos atravesaron el lago de regreso la gente les llegó por tierra, deseosa de seguir viviendo lo que les pasaba con Jesús.

Entonces Jesús nos puso a reflexionar. “¿Ustedes por qué me buscan?”. Es cierto que Él había dejado claro que no quería que nadie sufriera por hambre. Pero la gente no había arrancado a seguirlo pidiéndole comida, lo hicieron entusiasmados con su persona y sus palabras, sin entender del todo por qué les atraía tanto. Ahora estaban confundidos en sus quereres. ¿Por qué les conmovía? ¿Era solamente porque podía darles pan? ¿Era porque veían en él al líder político esperado en Israel?

Entonces Jesús nos habló al corazón, con un mensaje que en palabras de hoy podría ponerse así: “Ustedes no me siguen solamente porque les doy comida y salud, Dios quiere que tengan esas cosas, y lo quiere tanto, que ustedes no experimentarán a Dios mientras no estén en la lucha para que nadie quede excluido de esos bienes necesarios para vivir como seres humanos. Yo estoy con ustedes en esa lucha. Pero lo que yo les doy es mucho más profundo: Es la plenitud del sentido de sus vidas. Es lo que en lo más íntimo hace que ustedes valgan para ustedes, para sus seres queridos, para su patria. Esa plenitud consiste en que ustedes se comprendan y se reciban como un acto de amor único, desde siempre y para siempre, incondicional y perenne que les hace la persona que son. Yo entrego mi vida para que ustedes acojan ese amor que se les entrega sin medida y les acompaña en las alegrías y dolores, aciertos y errores de la vida, y luego les espera para siempre. Yo me entrego para que ustedes entiendan que así son amados, que este amor fundamenta su dignidad, y para que amen así a los demás y a la Creación. Esa es mi pasión y la fuerza del espíritu que les atrae hacia mí”.

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