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Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 18 de noviembre de 2020

El sabio, el virtuoso, el poderoso

El recordado caricaturista y cuentista argentino Roberto Fontanarrosa, quien habría cumplido años la semana entrante, deslindó como nadie los campos en que se despedaza la humanidad en estos tiempos.

Lo hizo en estas tres frases: “Para el sabio no existe la riqueza. Para el virtuoso no existe el poder. Y para el poderoso no existen ni el sabio ni el virtuoso”. Esta formulación es un golpe de inteligencia que merece disección.

Los dos primeros protagonistas, el sabio y el virtuoso están plenos de su propio atributo, satisfechos con el universo que escudriñan y con la bondad que cultivan. De ahí que miren por encima del hombro la opulencia y el dominio sobre los demás. Los tienen sin cuidado la fortuna material y el apetito de mando.

El sabio y el virtuoso pasan muy atareados entre actividades y sentimientos que les absorben tiempo y energías. Han arañado dimensiones fascinantes y no se contentan con menos. Han llegado a ser insobornables, inmunes a los halagos y despreocupados de las amenazas. Si todo el mundo tiene un precio, ellos son un cariño verdadero: ni se compran ni se venden.

Por eso para ellos la riqueza y el poder han dejado de ser materia en consideración. Sencillamente no existen. No vale la pena dedicarles ni un mal pensamiento ni una balada de despecho. Es como si estos individuos vivieran en otra constelación donde el dinero y la subordinación de semejantes hubieran desaparecido como oscuros objetos del deseo.

En la otra esquina del ring contemporáneo puja el poderoso. El poderoso puede porque acumula dinerales y no disimula las ganas de recibir adulación y sumisiones. Sus caudales no provienen de sí mismo sino de afuera. Para que lleguen debe heredarlos, comprarlos o arrancárselos con la fuerza a la muchedumbre de sus semejantes.

El poderoso no es autónomo, tiembla ante la posibilidad de perder lo atesorado. Entonces borra del mapa al sabio y al virtuoso, decreta que no existen. Concebir que uno u otro tengan alguna razón de ser equivale a aceptar mordiscos que lo mutilarían.

Así estamos en el país y el mundo. Hay quienes se mueren por monopolizar y sojuzgar. Hay quienes solo piden la abolición de trabas para pensar, respirar los árboles, elevar en un gramo síquico la belleza, darles la mano a los que se mueren por sacar adelante la familia.

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