Hace 20 años, en la pared de una calle cualquiera de Buenos Aires, apareció un grafitti que decía “Basta de realidades, queremos promesas”. La frase, seguramente inspirada en otros momentos y movimientos sociales, respondía a la incertidumbre que vivía el país austral. Y, desde entonces, se podría decir que recoge el sentimiento de millones de personas cansadas, abrumadas y sobrecogidas frente a un futuro que parece que fuera a estallar en la cara.
Es curiosa esa tendencia del ser humano a querer creer aún cuando haya una vocecita interior que le dice que le están mintiendo. No es una decisión facilista, obedece más bien al desespero por asirse a algo que le dé una falsa seguridad, que le haga soñar y pensar que lo que viene será mejor. Y esto aplica tanto para las relaciones personales como para esas otras que se entablan con quienes aspiran a manejar los grandes asuntos del Estado.
Cuando la soledad pesa demasiado, se tiende a tomar decisiones emocionales equivocadas. Cuando el descontento social se extiende, el populismo lo cultiva y capitaliza. Esa promesa de amor eterno no difiere en nada de la otra que asegura que va a acabar con la corrupción de un sistema. En el primer caso estamos hablando de emociones individuales, mientras que en el segundo se trata de emociones colectivas. La una anhela eliminar la desazón que produce el imaginar la pérdida. La otra busca calmar a un colectivo que se siente maltratado, discriminado, olvidado e ignorado. Todos queremos creer y, por supuesto, estamos en nuestro derecho. Pero el batacazo de la decepción llegará tarde o temprano.
Fernando Savater asegura que “el amor y la política son obnubilaciones arrebatadoras aunque socialmente imprescindibles”. Implican compromisos hechos a futuro en momentos de gran efervescencia, cuando el malestar se extiende de manera silenciosa por el alma o cuando ruge con fiereza desde las profundidades del hombre-masa (qué vigencia la de Ortega y Gasset). Por eso se dan las relaciones tóxicas en los dos casos, porque aunque el valor de la palabra se pierde cada día más, aceptamos las mentiras para seguir andando. Y ya no recordamos lo que significa honrar una promesa.
No, el cielo no se va a caer este domingo, como anunciaba el pollito exagerado del famoso cuento infantil, pero sí vamos a tener que lidiar con las consecuencias de creernos tantas mentiras, perdón, promesas que sabemos quimeras, por lo menos durante los próximos cuatro años. Y la responsabilidad recaerá sobre cada uno de nosotros.
Seguiremos creyendo en las promesas con la vana ilusión de que se hagan realidad o de que lo acaben siendo. Tal vez porque cualquier alternativa distinta podría convertir el mundo en un infierno. Continuaremos buscando explicaciones simples a problemas complejos porque eso es más fácil que pensar.
Y así nos va, en política como en el amor