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Sara Jaramillo Klinkert
Columnista

Sara Jaramillo Klinkert

Publicado el 23 de junio de 2022

Entrenarse para perder

Leo y releo a Elizabeth Bishop: “El arte de perder se domina fácilmente. Pierde algo cada día. Acepta la angustia de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano”. Repaso el poema en mi mente, parece que lo hubiera escrito para mí: es tanto lo que he perdido últimamente. Bishop tiene que estar equivocada, pienso mientras camino sola por las ruinas de lo que se ha desmoronado. Pero ella insiste: “...Entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar. Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre”. Solo después de mucho leerlo entiendo que, al final, siempre queda alguna grieta por donde salir, aunque a menudo cueste tanto encontrarla. “El molino ya no está; pero el viento sigue, todavía”, le escribió Van Gogh a Théo en una de sus cartas.

“Afortunadamente, siempre existe otro día. Y otros sueños. Y otras risas. Y otras personas. Y otras cosas”, me susurra al oído Clarice Lispector y yo quiero creerle, porque una cosa es perder y otra es derrotarse. El perdedor tiene la opción de aceptar el hueco de lo perdido, sabiendo que, al aceptarlo, al menos gana algo llamado fortaleza, mientras que el derrotado se queda observando el hueco y hasta sopesa la opción de lanzarse a él. Miro a quienes me rodean y compruebo lo que siempre he pensando: las personas fuertes, las personas sabias, las personas sensibles, las personas bellas a las que conozco y admiro no surgieron así como si nada; a semejantes instancias no se llega de improviso. Muchas visitaron el infierno y hoy saben, como Borges, que “no hay otros paraísos que los paraísos perdidos”. El autor llegó a esa conclusión después de declarar: “Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado”. La ceguera y la orfandad no fueron vistas por el autor como una pérdida, sino como una posibilidad de ganar conciencia.

Creo que la invitación de Bishop a perder más lejos y más rápido no es otra cosa que una invitación a perder el miedo a perder. Llegamos al mundo con una, solamente una certeza, y es la de nuestra muerte. Y qué es la muerte si no la pérdida más absoluta e irreparable. Sin embargo, por paradójico que parezca, la certeza de nuestra propia muerte es la que nos insufla ánimos para vivir. Sabernos mortales, de alguna manera, nos hace aprovechar nuestra existencia. ¿Haríamos las cosas de la misma manera si fuéramos inmortales? Me parece que no. Creo que vegetaríamos hasta el hastío y la locura. Sin duda, no valoraríamos nuestro fugaz paso por el mundo. Cuánta razón tiene Bishop al alertarnos sobre la necesidad de aprender a perder. Sigo sin estar tan segura de que sea un arte que se domine fácilmente, pero al menos ahora sé que el entrenamiento es necesario  

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