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Jorge Giraldo Ramírez
Columnista

Jorge Giraldo Ramírez

Publicado el 23 de enero de 2022

Es el pacto social

Thomas Hobbes distingue entre los malos ciudadanos y los enemigos del Estado. Podemos hacer una analogía, rastreando la huella de sus predecesores escolásticos, entre el mal gobernante y el tirano. Los tiranos destruyen los fundamentos de la convivencia. La teoría democrática deja bien establecido el principio de que ningún gobernante debe controvertir esas premisas porque eso solo lo puede hacer la ciudadanía en procesos evolutivos o deliberados. El pacto social siempre es un acuerdo intergeneracional y pluralista que tiene manifestaciones expresas, como las constituciones, las leyes y las instituciones, y multitud de manifestaciones implícitas respecto a propósitos y procedimientos.

Suele discurrirse sobre el conflicto que vive hoy Medellín sin detenerse en los términos del mismo, sin precisar el problema, las partes, el escenario ni los desenlaces probables. Lo más importante: sin pensar qué está en juego, qué se ganaría o se perdería. Es curioso, porque el alcalde Daniel Quintero sí tiene un libreto sobre estos temas y lo ha hecho público desde el primer día cuando dijo que Medellín no nos pertenecía.

El problema que tenemos entre manos no es el de un mal alcalde —malos hemos tenido varios— y las democracias suelen ser tolerantes con las equivocaciones del electorado, entre otras cosas, porque, supuestamente, están a la mano los recurso para enmendarlas. Medellín tiene un administrador que está subvirtiendo el modelo de gobernanza basado en los pilares público, social, privado y académico, promoviendo la desconfianza general y tratando de establecer una división radical de la sociedad antioqueña. Es decir, está socavando el pacto social que la ciudad construyó desde 1991 y cuyos términos han sido identificados por académicos regionales e internacionales.

El alcalde subraya que en ese pacto participaron capitanes de industria y políticos nacionales como Álvaro Uribe y Sergio Fajardo. No cuenta quiénes más lo hicieron. Políticos liberales como Aníbal Gaviria y conservadores como Juan Gómez; intelectuales ilustres como María Teresa Uribe, Beatriz Restrepo y Juan Luis Mejía; las universidades públicas y privadas de la región; incontables líderes sociales, culturales, cooperativistas, ambientales y sindicalistas. Ese pacto permitió —es mi caracterización favorita— el “medio milagro” de Medellín (Fukuyama). Esa sumatoria de gobernanza, convivencia, mejoramiento en la calidad de vida, seguridad y pujanza cultural —imperfecta, sí, y con pendientes notables también— permitió un salto que se estudia con asombro en las universidades del mundo. Esto significa que el desenlace de la disputa en Medellín tendrá repercusiones profundas y duraderas. La ciudad está definiendo la condición que tendrá durante los diez años venideros.

Por último. No puede perderse de vista que se trata de un conflicto político que superó la fase de deliberación y que entró en fase de resolución, en la que se requiere carácter, decisión y acción, porque —diría el poeta Antonio Machado— en política, como en el mar, no sirve el miedo de naufragar  

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