Según el diccionario, esclavo es la persona que carece de libertad y derechos propios por estar sometida de manera absoluta a la voluntad y el dominio de otra persona que es su dueña y que puede comprarla o venderla como si fuera una mercancía. Y esclavo es también quien está sometido a un deber, pasión, afecto, vicio.
Existen dos casos de esclavitud que impresionan demasiado, María, la Madre de Jesús y Pedro Claver. Para ambos, ser esclavos fue la decisión que marcó el rumbo de su vida.
María, la Madre de Jesús, dio esta respuesta al saludo del ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. Portentosa lección para todo ser humano, como lo podemos constatar con una admiración y gratitud que desborda el corazón, y que el creyente recuerda cada día al recitar el Angelus.
San Pedro Claver S.J. (1580-1654), español, se entregó a aliviar el sufrimiento de los esclavos de Cartagena de Indias, llamándose a sí mismo el “esclavo de los negros”, labor demasiado impresionante, pues hasta los teólogos de la época discutían si poseían alma. En medio de una atmósfera irrespirable, Pedro besaba las llagas de los esclavos y los bautizaba.
Los pecados capitales son modos cotidianos de esclavitud. Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza están, de una manera o de otra, en todos los lugares habitados por seres humanos. La codicia y la lujuria, ante todo, ejercen una esclavitud cada vez más avasalladora. Los estímulos sensoriales, cada vez más imprevistos, consiguen que el dios Dinero y el dios eros tengan su altar en cada corazón.
Hay un esclavo más insidioso todavía, el celular, que, entre todos los medios de comunicación, supera todo cálculo. Personas de todas las edades caminan sin rumbo por calles y pasillos, ajenos a todo lo que pasa a su alrededor por poner toda su atención en lo que ven y escuchan en él, aun renunciando a toda discreción. Aun sin darse cuenta, el hombre del siglo XXI se convierte cada día más en el esclavo de su esclavo.
El Creador le confió al ser humano la misión de dignificar, humanizar y aun divinizar el mundo en que vive, según el salmo octavo. “Hiciste al hombre poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies”.
Esclavo mío al fin, gobierno mi celular, no él a mí. Lo uso con maestría y discreción para que su respuesta sea siempre acertada y oportuna.